¿Chucherías? ¡No, gracias!

Llamamos chucherías al conjunto de productos no alimentarios -dulces y salados, de formas y sabores diversos- que se toman a cualquier hora del día, como son las golosinas, snacks, refrescos, helados, barritas de cereales y/o chocolate, zumos comerciales, etc.

Consumir chucherías es una costumbre muy extendida en la infancia, fomentada a menudo por l@s familiares que las utilizan como sustituto fácil de un bocadillo o fruta para almuerzo o merienda o como forma de recompensa. Es frecuente en la etapa escolar tomar chuchearías al salir de clase y luego dejarse parte de la comida de casa. La edad de consumo de este tipo de productos se alarga, cada vez hay más jóvenes que siguen consumiéndolas siendo personas adultas. La mayoría de las personas sabe que no conviene tomar chucherías, pero sigue comprándolas, posiblemente porque no se han parado a ver cuál es su composición y no conocen su impacto en la nutrición.

Las gominolas, pertenecen al grupo de golosinas de sabor dulce. Son productos de confitería formados por una pasta maciza elaborada fundamentalmente con azúcar aromatizada y coloreada mediante numerosos aditivos. Se comercializan con formas, tamaños y envases muy diversos. Lo más característico de las gominolas es su ínfimo valor nutricional. Se componen principalmente de hidratos de carbono (de media el 82 % del producto), y dentro de ellos los que más presencia tienen son los azúcares sencillos: sacarosa (azúcar común), fructosa (edulcorante), glucosa (azúcar que se encuentra en frutas y miel pero, en las chuches, sin vitaminas ni minerales), maltosa o azúcar de malta (proviene de los granos de cebada germinada), los menos interesantes desde el punto de vista nutricional. El resto de hidratos desempeña una función gelificante, como pectinas (sustancias derivadas de los hidratos de carbono que producen algunas plantas amorfas, combinadas en proporciones adecuadas con azúcar y ácidos, forman una sustancia gelatinosa espesante), gelatinas (sustancia semisólida, incolora, traslúcida, quebradiza y casi insípida obtenida a partir del colágeno, procedente del tejido conectivo de despojos de animales hervidos con agua). También existe una gelatina vegetal llamada agar-agar, procedente de algas), almidones (obtenidos de las semillas de maíz, trigo, varios tipos de arroz y algunas raíces y tubérculos) y goma arábiga (extraída de la resina de árboles subsaharianos). El contenido en el resto de nutrientes, grasas y proteína, es poco relevante, al igual que ocurre con los micronutrientes: las vitaminas y los minerales. La mezcla se consigue con grandes dosis de azúcares; azúcar, jarabe de glucosa, glucosa, dextrosa, jarabe de caramelo y otros, que suponen más del 50% del peso de las gominolas. Se añaden los aditivos: aromas, que proporcionan olor y sabor, acidulantes, Se añaden los aditivos: aromas que proporcionan olor y sabor, acidulantes que potencian el sabor y sirven como conservantes, gelificantes, que permiten curiosas formas y los colorantes, que dan consistencia al producto y lo hacen más atractivo a la vista. Las gominolas tipo “nube”, además contienen proteínas lácteas que garantizan la textura esponjosa. Si son brillantes, como el regaliz y la fresa, se emplean aceites y ceras que les dan este brillo. Toda esta masa, se diluye en una cantidad determinada de agua que proporciona la densidad deseada. La mezcla se introduce en los moldes y se deja reposar hasta que la gelatina se enfría y se obtiene el producto dulce con la forma deseada, de textura gomosa y pegajosa.

Su interés nutricional es nulo y por tanto, del todo prescindible. Un consumo frecuente se hace desaconsejable por su gran cantidad de azúcar (de media, lo es el 54% del producto, pero en algunas gominolas el azúcar llega a representar más del 70%). Fomenta la obesidad y la caries y puede conducir a malos hábitos alimentarios. Las chucherías engordan pero no alimentan. Son productos no alimentarios que contienen aditivos (aromas, colorantes, acidulantes, gelificantes, humectante, conservante…), en su mayoría artificiales. La mayoría de los fabricantes siguen usando colorantes azoicos como: la tartracina (E102), amarillo de quinoleína (E104), amarillo anaranjado S y amarillo ocaso FCF (E110), azorrubina o carminosina (E122), rojo cochinilla A (E124), rojo allura AC (E129), y azul patente V (E131), poco convenientes para l@s niñ@s porque pueden afectar a su actividad y atención, propiciar ataques en niños asmáticos y reacciones alérgicas cutáneas en personas hipersensibles. No obstante, el nivel de colorante en las golosinas es escaso, aunque parezca lo contrario. Un/a niñ@ de 15 kg de peso, que consuma 100 gr de chucherías al día, alcanzaría como mucho el 10% de su dosis recomendada diaria admisible. Por tanto, los aditivos no suponen un problema importante de las golosinas, pero sí el azúcar. Los niños entre 4 y 10 años necesitan una dieta de unas 1800 calorías y lo adecuado es que el aporte de azúcar represente entre el 10 y el 18% del valor energético total de esa dieta. Ello supone un máximo de 340 calorías por día provenientes de azúcares, que corresponden a 85 gramos de azúcar (1 gramo de azúcar aporta 4 calorías; si el gramo es de grasa, son 9 calorías). Esta cantidad máxima de azúcares incluye el azúcar utilizado como edulcorante, pero también el que contienen alimentos y productos como frutas, zumos, galletas, cereales, refrescos, bollos…

Pero una alimentación normal es suficiente para proveernos del azúcar necesario. Cuando se digiere el azúcar, el organismo logra el equilibrio químico y atrae ciertos nutrientes, como los minerales magnesio y fósforo y las vitaminas del grupo B. Pero un exceso de azúcares origina deficiencias orgánicas de éstos nutrientes, deteriora la energía vital y causa apatía, fatiga y debilidad muscular. Inhibe la capacidad de los glóbulos blancos (leucocitos), que son parte de las defensas del organismo, para hacer frente a las bacterias, por lo que un consumo regular exagerado de dulces, disminuye nuestro sistema inmunológico y favorece la aparición de catarros, cistitis, vaginitis o forúnculos. La adición al azúcar duplica el riesgo de padecer diferentes tipos de cáncer: colon, mama, ovarios, próstata, riñón, sistema nervioso y páncreas; también aumenta el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares y está directamente relacionado con la aparición de diabetes no dependiente de insulina en la etapa adulta. Mucho azúcar en la dieta acarrea problemas digestivos crónicos (malas digestiones) y favorece la infección intestinal de hongos, bacterias y parásitos que, a su vez, estimulan una mayor ansia por consumir azúcares. El consumo exagerado de azúcar también se asocia con problemas menstruales, caries dental, inflamación de las encías, cambios en el estado de ánimo (ansiedad y depresión), anemias y deficiencias nutricionales, obesidad, hipoglucemia (debido a que el páncreas debe secretar picos de insulina para mantener niveles constantes de azúcar en sangre), hiperactividad y dificultades de concentració tanto en niños como en adultos. En condiciones de abstinencia, el inveterado consumidor de dulces puede experimentar fatiga, ansiedad, irritabilidad, depresión, apatía, taquicardias e insomnio. Si se opta por eliminar todo azúcar de la dieta (cura drástica), conviene tener en cuenta que para asimilar la glucosa que el organismo necesita no basta con un régimen rico sólo en cereales integrales y verduras. Es preferible una cierta saciedad en cuanto a proteínas (pescado, lácteos, huevos, carne, legumbres o frutos secos), puesto que un déficit proteico puede recidivar el ansia por los dulces. Demasiado azúcar favorece, así mismo, los catarros e infecciones y la aparición de caries: las golosinas pegajosas quedan adheridas a los dientes y las bacterias de la boca transforman sus azúcares en ácidos que deterioran el esmalte dental; es por ello que se insiste en la necesidad de lavarse los dientes después de comer chucherías.

La Asociación Española de Dietistas y Nutricionistas (AEDN) ha desvinculado los chicles y caramelos sin azúcar de su tradicional relación con la obesidad y la caries. Pero tienen un punto flaco: edulcorantes como sorbitol y xylitol, en grandes cantidades, pueden provocar dolores intestinales y diarreas, debido a su efecto laxante.

L@s abuel@s han de poner también de su parte en la nutrición de l@s más pequeñ@s, y por mucho que quieran ver felices a sus niet@s en los momentos que comparten con ellos, no deben decir “sí” a todo para evitar que se conviertan en malos y caprichosos comedores.Padres, madres, abuelos y abuelas han de saber que bollos, galletas, golosinas y refrescos azucarados no deben consumirlos l@s niñ@s (y tampoco l@s mayores) con frecuencia. Hay que predicar con el ejemplo y no tenerlas en casa. Es interesante llegar a un acuerdo con l@s niñ@s para que reserven este consumo para ocasiones muy, pero que muy especiales y así reforzaremos buenos hábitos sobre los que poder realizar excepciones y educar en el autocontrol del niñ@.

Las chucherías no pueden complementar platos ni, menos aún (y aquí entran también bollos, galletas y similares) sustituir un plato o una comida. Consumidos con frecuencia o en grandes cantidades quitan el apetito, promueven la caries y el exceso de peso.

Están proliferando las tiendas de chucherías cuyo margen de beneficios es muy alto. El precio por kilo de gominolas oscila entre los 6 y 29 euros, cercano al precio de bombones o carnes caras. Compramos estos productos en bolsas de pequeñas cantidades sin pararnos a pensar en su precio real.

Verónica González

Fuentes

  • Chucherías y golosinas. Web de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPAP). Diciembre 2001.
  • Gominolas, un cero en nutrición. Consumer Eroski. La revista del consumidor de hoy. Nº 139. Enero 2010.
  • Chucherías: tentación dulce pero poco saludable. www.consumer.es
  • Muchas golosinas y más fruta. www.consumer.es. Agosto 2006.

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