El trabajo del consumo responsable: autogestión, participación y cooperación

El momento actual de nuestro proyecto

Tras una década (1997-2007) de autogestión alimentaria más ideológica que real, los GAKs decidimos crear una logística propia. El resultado fue la Garbancita Ecológica, una cooperativa sin ánimo de lucro para garantizar, de manera profesional y desde dentro de los GAKs, la calidad, cantidad, variedad, vitalidad, transporte y precios de los alimentos ecológicos. Cuatro años después, en marzo de 2012 -primer aniversario de nuestra emergencia legal, contable, fiscal, laboral, municipal, sanitaria y cooperativa-, sufrimos el “síndrome del periódico”.

Para crecer, un periódico necesita ser excelente desde su primer número. Esa excelencia supone cuantiosas inversiones y buenos profesionales, cuya financiación exigiría vender 100.000 ejemplares diarios. El problema es que, al principio, vende sólo 1.000 ejemplares diarios y sólo puede crecer garantizando la excelencia que no puede pagar. Un periódico recurre a fuentes de financiación y apoyos políticos. Pero la logística de los GAKs y La Garbancita Ecológica sólo recurre a la autogestión y la participación de soci@s colaborador@s, consumidor@s y agricultor@s. El trabajo del consumo responsable consiste en autogestión, participación, cooperación y voluntad de cambio social.

La Garbancita Ecológica, integrada al 98% por militantes de los GAKs en sus diversos niveles de actividad, hemos gastado el capital social en equiparnos y cumplir las leyes para garantizar la protección de los alimentos, alquilar un local y contratar a 4 personas con sueldos bajos y trabajo duro. Todavía existen costes ocultos en servicios profesionales solidarios que, a pesar de su propia precariedad, apoyan intensamente a la cooperativa. Con la ayuda de vari@s agricultor@s, much@s consumidor@s y un puñado de militantes con experiencia y dedicación, hemos conseguido un flujo de alimentos ecológicos cuya variedad, calidad, precios y contenidos culturales, es aceptable. Sin embargo, financiar los gastos mensuales de hoy, requeriría el doble de consumidor@s.

Necesitamos crecer, pero ¿cómo?

Los grupos de consumo crecen por la calidad de nuestra oferta alimentaria mediante contactos personales. Esto es bueno pero insuficiente. Necesitamos crecer para estabilizar económicamente el proyecto, reducir la presión de trabajo del equipo profesional y mejorar nuestra dirección colectiva. Pero un proyecto autogestionado no puede crecer económicamente sin un crecimiento paralelo de la participación de sus miembros. La figura de “colaborador/a activ@” en los grupos de consumo hace visible la tensión entre consumo responsable comunitario o individualista. No somos una tienda, ni una distribuidora a la que se llega con dinero y sin más compromiso se sale con alimentos ecológicos. No vamos a aplicar recetas pragmáticas: “primero consolidar económicamente el proyecto y después ocuparnos de la ideología”. No vamos a tirar por la borda un magnifico historial de militantes cooperativos fracasados por un simple éxito económico. Preferimos hacerlo bien o morir en el intento. Otr@s recogerán nuestro testigo.

La dimensión “popular” de nuestro consumo responsable implica, además de precios justos y asequibles, trabajo colectivo y ampliación de los grupos. Algun@s consumidor@s que no pueden -o no quieren realizar- “el trabajo del consumo” nos proponen pagar más caros los alimentos. Pero, lo que sería bien recibido para una iniciativa comercial, no vale para una red de colectivos autogestionados. ¿Cómo puede crecer el consumo responsable como alternativa al convencional si no somos capaces de asumir tareas básicas para nuestro propio consumo? ¿Hacia dónde transita un proyecto si legaliza los comportamientos individualistas en lugar de empoderar los comportamientos solidarios? ¿Qué calidad tiene un vínculo social basado en el compromiso de algunos y la indiferencia de otros ante las tareas comunes?

El consumo responsable agroecológico es una dinámica, no una foto fija. Debe contener el “logos”, la fuerza interior para su propio desarrollo. Esa fuerza es la cooperación y el deseo de transformación social. Con ella se pueden afrontar problemas como el local, el transporte, la educación alimentaria, la comunicación social, el acogimiento de nuevos miembros y el crecimiento. En los debates de los GAKs aparece esta fuerza en interacción con las resistencias que suscita.

La experiencia de La Garbancita Ecológica indica que hace falta superar la ausencia de modelos, de experiencia y de capital, las limitaciones personales y las colectivas. Pero también, el sectarismo de algunas burocracias. Los grupos de consumo no se desarrollarán sin personas que se comprometan con las tareas.

Estas son las condiciones de posibilidad para un consumo responsable al que puedan sumarse muchos apoyos parciales, tan imprescindibles como los más comprometidos y los profesionales.

¿Qué es la autogestión?

La comida industrializada envenena nuestros cuerpos, pero también la tierra y el agua; explota a l@s trabajado@s, expulsa a l@s campesin@s de sus tierras y tortura a los animales tratándolos como fábricas de carne, leche y huevos. L@s consumidor@s agroecológic@s disfrutamos de muchos beneficios, pero también asumimos algunas responsabilidades. La primera, elaborar y difundir cultura alimentaria para el abandono voluntario de hábitos producto de nuestra ignorancia. La segunda, tener en cuenta cómo, dónde y quién produce los alimentos que consumimos. La tercera, si nos consideramos “autogestionados”, debemos remover los obstáculos culturales, logísticos ye conómicos que impiden el crecimiento del consumo agroecológico. La cuarta, si queremos que nuestro modelo sea “popular”, necesitamos la participación de much@s para asumir los costes de l@s agricultor@s, contener los precios de los alimentos y articular un movimiento social independiente de los poderes económicos, políticos y religiosos.

La autogestión se compone de deliberación (tratar colectivamente los problemas que nos atañen), participación (tomar decisiones y abordar su ejecución con nuestras propias fuerzas) y cooperación (l@s participantes actúan de forma coordinada y solidaria). Pero, en las sociedades de mercado, la deliberación se ha sustituido por el parloteo y los monólogos sucesivos. La cooperación no ha seguido mejor suerte. Expropiada por el capital, ha dejado de pertenecernos.

La escuela de mercado y los medios de comunicación nos enseñan a implicarnos, sobre todo, en causas que reporten beneficios personales, independientemente de sus fines, su utilidad, inutilidad o peligrosidad. Los políticos de mercado nos invitan a no respetar los compromisos y a cambiar de principios siempre que sea necesario. En este contexto, la autogestión, además de recompensas, nos ofrece un duro camino de aprendizaje porque requiere participación y la participación exige tiempo. Dedicar este tiempo significa superar el agobio de la vida urbana, el individualismo y la desconfianza (“en la feria de Valverde, el que más trabaja, es el que más pierde”).

Autogestión y capitalismo

El capitalismo ordena de forma totalitaria los tiempos de vida para que el trabajo y la cooperación se ajusten a los tiempos de la mercancía y el dinero. El resultado es la repetición de actos dañinos e irracionales como si fueran voluntarios, naturales e inevitables.

La “democracia del consumidor” se sustenta en la ignorancia de las cadenas que le sujetan. Porque, ¿cómo podemos desear una alimentación que nos enferma y nos mata? Para cortar el nudo que ata nuestros deseos a las mercancías necesitamos clarificar este mecanismo desde un proceso colectivo que lo impugne en la práctica.

Para ser algo más que buenas intenciones o un recurso publicitario, la autogestión debe abrirse camino frente a discursos individualistas. El anarcocapitalismo condena toda experiencia organizativa desde abajo y confía la cohesión social a la “mano invisible” del mercado o de la revolución. Estas retóricas cuentan con la metamorfosis del individualismo -competitivo o pusilánime- en fuerzas constructoras del orden social. En los colectivos de consumo agroecológico autogestionado, algunas personas rechazan la autogestión por ser una quimera de militantes trasnochados o por invadir su libertad individual. Para hacer frente a estas apologías del individualismo, debemos actuar con diálogo, respeto y paciencia.

El aprendizaje de la autogestión

La autogestión alimentaria requiere una práctica colectiva. La batalla se dá contra decir una cosa y hacer otra, o matar el tiempo en actividades inútiles mientras se escatima para actividades sociales. Esta lucha está presente en tod@s nosotr@s. Por eso la transformación del colectivo requiere la transformación simultánea de cada uno de sus componentes, no tanto en una reunión de autoayuda como desde dentro de un proyecto comunitario. De esta transformación depende la transición de la impotencia -que se desvanece sin patronazgos- a la viabilidad de nuestros proyectos autogestionados.

La verdadera transición es la que, partiendo de la hegemonía del individualismo desemboca en la hegemonía de la participación. Sea por las causas que sean, siempre hay que contar con el individualismo. Por tanto, si en un grupo la autogestión es asumida por una pequeña minoría, sólo será la etiqueta de un colectivo débil que puede mantenerse en su marginalidad años y años, servir de referente social para mapeos subvencionados o revoluciones de diseño, porque la suma de debilidades no da fortaleza, sino más debilidad. Si la autogestión es asumida por una parte significativa del grupo, este sector puede, con su ejemplo, aumentar el número de miembros activos. Pero sólo con participación mayoritaria, un grupo puede funcionar saludablemente, asumir a los compañer@s que realmente no puedan colaborar (aunque siempre se puede hacer algo) y resolver los problemas del crecimiento.

¿Qué hacer?

Promovemos un debate general, horizontal y participativo con agricultor@s, centros educativos, consumidor@s individuales y grupos de consumo para tratar los problemas de autogestión, participación y crecimiento de cada colectivo y del proyecto en su conjunto. Una vez expuestas y debatidas las distintas posiciones, cada cual podrá escoger el modelo de consumo que desea apoyar.

El modelo asumido por los GAKs y La Garbancita Ecológica ha puesto en pié la circulación de un cierto volumen de alimentos ecológicos con la participación de consumidor@s organizad@s, maestr@s y agricultor@s ecológic@s. Necesitamos crecer, pero no como una tienda o una distribuidora. Dedicarnos a vender alimentos ecológicos nos salvaría de las amenazas económicas, pero a costa de nuestra capacidad de autogestión, que es una diferencia específica respecto a un comercio de alimentos ecológicos. Un fuerte movimiento de consumo agroecológico podrá ocuparse, más adelante, de segmentos de mercado como las personas mayores o con poca movilidad, los ecoyuppies y otros, para aumentar la circulación de alimentos ecológicos, absorber para el mercado interior la producción de nuestr@s agricultor@s y bajar los precios para las capas sociales con menor poder adquisitivo.

Frente a la apología del consumidor de mercado, trabajamos en la transformación de las conciencias y los hábitos de l@s consumidor@s, muy en particular, l@s niñ@s. Frente a la adversidad y la incomprension, desplegamos alimentos ecológicos e iniciativas educativas en el medio vecinal, escolar y en los movimientos sociales. Con la fuerza de la argumentación y la ejemplaridad, impulsamos un debate colectivo de forma respetuosa y firme.

Este debate se produce sin detener nuestra actividad económica y social para sustituir la confusión y la incertidumbre por la transparencia y la libre decisión. En estos encuentros, los distintos colectivos, intercambian experiencias y opiniones, aportando innovaciones y apoyo mutuo. Necesitamos dinamizarlo y volcarlo en un encuentro de consumidor@s individuales, colectivos, GAKs, agricultor@s, maestr@s, madres y padres y cooperativistas, para construir una demanda agregada de alimentos ecológicos, consciente y autónoma, que salve a l@s agricultor@s de la violencia de la globalización, a l@s ciudadan@s del modelo de alimentación capitalista y a nuestros proyectos de la marginalidad o la ruina económica.