La historia no escrita

 

Repasando los antecedentes del movimiento cooperativo español, constato la insistencia por parte de los gobiernos correspondientes, desde la primera ley de cooperativas de 1931 hasta la actualidad, por encorchetar y utilizar al movimiento cooperativo con uno u otro fin, olvidando el carácter privado democrático y social del cooperativismo.

 

Después de los numerosos avatares que caracterizan cualquier organización tan longeva como la nuestra, lejos de tener una situación estable, nos encontramos de nuevo frente a un momento de crisis, siendo lo excepcional que esta crisis es, en realidad, un cambio de ciclo, un cambio de modelo social y económico. Sin embargo, no tenemos duda de que afrontaremos el futuro desde la estabilidad que nos da la experiencia y el convencimiento no solo de la actualidad, sino también de la oportunidad y validez de los principios y valores cooperativos.

 

La primera ley de cooperativas, la de 1931, favorecía la consolidación del concepto de cooperación como instrumento para los sectores más desfavorecidos. (…) Se ha acusado a esta ley de ralentizar la actividad de las cooperativas al otorgar poder residual absoluto a la asamblea de socios, como si esto fuera una barrera infranqueable para la gestión rentable de una cooperativa en vez de la esencia de las mismas. Esto refleja que ya desde el principio se planteó el eterno dilema, ¿“grandes” o “pequeños”?, ¿“modernos” o “antiguos”?, el capital social es ¿activo o pasivo?, clasificar, etiquetar, y ¿porqué este empeño en regular lo que no necesita regulación sino convicción?

Creo que este empeño sobre la regulación, responde a dos motivos. Uno externo: el miedo constante en el tiempo de las diferentes instituciones a la participación ciudadana, lo que podría calificar de un despotismo ilustrado. Y otro interno: la no asunción de los principios y valores del cooperativismo por los propios socios cooperativistas. Hasta el día de hoy después de más de un siglo de cooperativismo en España, seguimos con la misma música. Desde la recientemente aprobada Ley de Economía Social, o en la implantación de las normas internacionales de contabilidad, otra vez hay que definir, clasificar, reclasificar, ¿qué es una cooperativa?, ¿cuál es y cual no, sus fondos propios?, etc., etc.

 

Pareciera que una cooperativa al segundo día siguiente de su registro tiende irremediablemente a ser una cosa distinta, y que en vez de considerar excepciones a aquellas cooperativas que se alejan de sus principio fundacionales, que existiera una fuerza irresistible que nos empuja a alejarnos de los valores cooperativos, sobre todo si tienen éxito.

 

Éxito Vs. capitalismo.

 

Yo me incorporé profesionalmente a mediados de la década de los ochenta, joven, mujer casada, madre y economista, un bicho raro, pero justo a tiempo de participar en la transformación que tuvo lugar en nuestro movimiento hacia el cooperativismo profesionalizado y “moderno”. La paradoja es que ya entrado el siglo XXI, donde ya no se duda de la capacidad empresarial de las cooperativas, donde hemos superado los viejos prejuicios, cuando hablar de cooperativas era hablar casi de marginalidad, nos encontramos de nuevo al principio, en de que de tanto parecernos a las empresas capitalistas hemos perdido la esencia de la empresa cooperativa y con ello la visibilidad de entidad diferenciada frente a la sociedad.

 

Nos encontramos inmersos en la peor crisis desde la segunda guerra mundial, crisis económica, social y medioambiental, la tormenta perfecta. El modelo que hasta ahora se creía infalible se derrumba. Ese modelo de los recursos infinitos y del consumismo desaforado no es viable. La salida a esta crisis pasa por un cambio en los hábitos de consumo, donde se prime el consumo inteligente, es decir algo tan sencillo como adecuar nuestras necesidades a los recursos disponibles y sostenibles.

 

Para que nuestras empresas, como unidades de consumo colectivas, tengan un comportamiento responsable necesitamos la complicidad de nuestros socios. Necesitamos convencernos y apostar por un modelo distinto, un pacto social entre consumidores y productores, con circuitos comerciales mas cortos, priorizando aquellos productos de primera necesidad, productos que tienen que han de tener tener propiedades nutricionales y saludables, y equilibrar nuestros presupuestos a través de prescindir de lo prescindible. Consumir menos y mejor es la clave.

 

Hay un recurso ilimitado que es la calidad, nuestras cooperativas deben poner el factor calidad como indicador prioritario de su gestión, y ponerlo en valor con valor, como un activo más de nuestros balances.

 

La clave está en el crecimiento inteligente. Competir en precio significa ineludiblemente que alguien en la cadena de valor tiene que perder, o bien los proveedores, o los productores, o los trabajadores, o los consumidores, o el medio ambiente o todos a la vez, y esto no es socialmente ni responsable ni sostenible. Crezcamos en calidad, la calidad inteligente es un recurso ilimitado a disposición de todos en el que todos ganamos.

 

Invertir el binomio gestión-consumidores por el de consumidores-gestión, donde seamos nosotros los consumidores los que marquemos con nuestros actos de compra la gestión de nuestras cooperativas, no es fácil, pero tampoco imposible y además es nuestra verdadera vocación. Decir que en nuestras cooperativas los consumidores no somos meros clientes, parece obvio, ya que está en la propia definición de lo que es una cooperativa de consumidores y usuarios. Sin embargo, en los últimos veinte años nos hemos ido olvidando de esta premisa, y esto ha tenido el efecto fatal de que los socios no se consideren implicados en la vida de la cooperativa, y por lo tanto en el mejor de los casos, que la consideren como una “operadora” más del mercado. Es un círculo vicioso. La cooperativa deja de ser una cooperativa para ser una tienda más y el socio deja de ser parte implicada para ser un cliente más. Hay que romper este círculo vicioso y convertirlo de nuevo en un círculo virtuoso.

 

En esta situación, lo que hasta ahora ha sido considerado como una desventaja, nuestro pequeño o mediano tamaño, ahora nos favorece. Es decir que es más fácil cambiar la cultura de una empresa cuanto más cercanos estén todos los actores, y en nuestro caso es obvio que los socios, gestores y trabajadores, son círculos concéntricos pequeños.

 

Cuando me preguntan por la representatividad de nuestro movimiento, siempre reconozco la trampa que va implícita en la pregunta y la respuesta siempre es la misma: ¿representatividad respecto a qué o a quién? Si es por historia, creo que queda claro que 70 años nos avalan. (…) UNCCUE no solo ahora, sino a lo largo de toda su historia, es representativa, claro que sí, porque representa la esencia de las mujeres y hombres cooperativistas, la dignidad del trabajo, la solidaridad entre comunidades, la pluralidad de las voluntades, la democracia absoluta en la decisión, y por encima de todo la esperanza de un futuro mejor basado en la justicia, en el entendimiento fraternal, el respeto a lo diverso y la paz.

 

 

Fuente:

Extracto del Prólogo de “100 años de Cooperativismo de Consumidores y Usuarios: historia y futuro”, publicado por la Unión de Cooperativas de Consumidores y Usuarios de España, UNCCUE, con ocasión de su 70º aniversario (1942-2012)