Libre mercado: ¿Hablan los consumidores?

 

Hablar es sinónimo de diálogo. El dialogo es la base de la política, entendida como la construcción de personas buenas para una vida social cooperativa y segura. Sin dialogo la convivencia y la paz son imposibles.

 

La solución de muchos problemas depende nada más que del dialogo, pero también nada menos. No se debe confundir “dialogo” con la “sucesión de monólogos” en la que cada uno dice lo que tiene que decir sin incorporar nada de lo que dice el otro que, a su vez, hace lo mismo.

 

Tampoco es dialogo el que se ocupa exclusivamente de “que hay de lo mío”. Por ejemplo, los campesinos dialogan con l@s consumidor@s, pero a los primeros solo les interesan los problemas de producción y los precios (cuantos más altos mejor) de sus productos y los segundos sólo se preocupan de tener todos los productos de huerta todo el año, de la calidad de dichos productos y de sus precios (cuantos más bajos mejor).

 

Un verdadero dialogo supone ascender en la comprensión de los problemas propios enriquecida por la comprensión de los problemas de los otros. Dialogar es abrir la posibilidad de cambiar nuestra opinión con las razones de otros y, viceversa, de cambiar la opinión de otro con las propias razones. El diálogo es la sustancia de la democracia .Todo lo contrario de hablar con un seguro mental echado cuyo lema es: “di lo que quieras que no me moveré de aquí”.

 

El dialogo es contrario a la noción de “libertad individual”. Esta noción expresa la capacidad de cada uno para satisfacer sus propios deseos sin preocuparse ni de las necesidades de los demás, ni de los límites de la naturaleza, ni de las consecuencias de esta forma de proceder. La expresión moderna de este comportamiento es: “yo con mi dinero voy donde quiero y compro lo que quiero Y esto es lo decente”.

 

Esta concepción de libertad individual supone, de hecho, la exclusión de la mayoría y la deshumanización de la minoría “incluida” para ser libre individualmente. Esa libertad existe para quien tiene dinero, pero no para tres mil millones de seres humanos que no lo tienen y, además, es inviable desde el punto de vista ecológico. El consumismo desaforado de mil millones de personas es la causa de la exclusión y la pobreza de la mitad de la humanidad. Exclusión y libertad individual son dos aspectos de la misma realidad, la Economía de Mercado Global.

 

La libertad verdadera consiste en la capacidad para elegir hacer el bien pudiendo hacer el mal. El bien es lo que permite una convivencia pacífica y justa para todos. El mal, por el contrario, es lo que produce competitividad, incomunicación e inseguridad generalizadas, es decir, el capitalismo global. Solo puede haber libertad y seguridad para cada uno como una parte de la libertad y la seguridad de tod@s. Recíprocamente, la libertad y la seguridad colectivas implica que cada uno modere sus propios deseos y controle sus propias necesidades, teniendo en cuanta los deseos y necesidades de los otros y los límites del mundo.

 

La base de la cooperación es el dialogo que precede al ejercicio de la libertad individual. Por el contrario, si el ejercicio de la libertad de cada uno precede al dialogo, el resultado es la competitividad que equivale a la lucha de todos contra todos. En éste contexto, la libertad de unos se basa necesariamente en la opresión de los demás.

 

El individuo solo puede ser libre en comunidad. El individuo individualista, solitario, deseante, calculador y oportunista es una creación del radicalismo liberal capitalista. La economía de mercado necesita individuos individualistas, aislados, impotentes necesitados de que el capitalismo les organice para trabajar y les implante deseos artificiales que oculten el vacío de su existencia. El capitalismo cercena la capacidad de dialogo de los ciudadanos estimulando sus apetencias mas primitivas y haciendo esclavos, a unos de su hambre y a otros, de sus deseos irracionales.

 

< !-- salto de linea 1 -->

La piedra filosofal del capitalismo global es la figura del consumidor. El consumidor teje una red de complicidades en torno a la satisfacción de su deseo individual como objetivo primordial de la vida. No se interroga en ningún momento por las consecuencias de sus actos y no quiere ni oír hablar de su complicidad con la lógica del mercado. El individuo individualista no tiene que hablar con nadie para satisfacer sus deseos más aberrantes a través del mercado. Por eso, el protagonista de la “democracia del consumidor” está perdiendo su capacidad de diálogo, su ¨logos¨ inteligente, que es el atributo que le constituye como un ser racional. Con ésta pérdida, se debilita su naturaleza humana y se fortalece la parte más animal de su naturaleza. Esta tragedia presenta una doble cara. Por un lado, miles de millones de personas carecen de dinero para satisfacer sus deseos y sus necesidades básicas en el mercado. Por otro, esta exclusión de masas carece de horizonte político para convertirse en una negación transformadora.

 

El dialogo es el principal instrumento para la lucha contra el hambre y las enfermedades alimentarias. El dialogo es la llave de la ínter subjetividad y del deseo compartido. Estos, a su vez, son la base de la cooperación. La cooperación de las personas es la mayor fuerza productiva que existe. En el capitalismo, esta fuerza se utiliza para la destrucción de la naturaleza, incluida la naturaleza humana. El mercado ha conseguido que deseemos vivir en esclavitud, comiendo alimentos enfermantes consintiendo los horrores cotidianos y tragando una cultura que nos degrada más cada día. Pero la cooperación también puede utilizarse para impedir el funcionamiento de una economía de mercado cada vez más irracional y violenta.

 

El principal instrumento para defender la seguridad alimentaria de todos no es el dinero. Con él las clases pudientes compran comida biológica sin más que ir a las grandes superficies. Pero ni siquiera compran seguridad alimentaria para sí mismos. La comida que entra en los circuitos de la globalización alimentaria, aunque no tenga sustancias químicas, no es comida ecológica y su consumo, no es consumo responsable.

 

La superación de la crisis no vendrá del restablecimiento de ciclo de producción y reproducción del capital, sino de su interrupción consciente. Para que eso sea posible debe ser deseado por la mayoría pero estamos muy lejos de tal cosa. “Los desheredados de la tierra no quieren ir a las barricadas, sino a Disneylandia y si no, que se lo pregunten a ellos”.

 

La Garbancita ecológica intenta demostrar que se puede avanzar en la construcción de un movimiento en defensa de la seguridad alimentaria sin capital. En su lugar nuestras armas son el trabajo, el estudio, la cooperación basada en el dialogo entre los de abajo y el valor para enfrentarse con el enemigo, que también habita dentro de nosotros.

 

La garbancita ecológica es un proyecto que defiende la seguridad alimentaria para todos. Por eso investigamos, estudiamos y desarrollamos una acción cultural y económica a favor del consumo responsable, en cooperación directa con agricultores ecológicos. Como no somos “ecoyuppies”, pretendemos fijar los precios de los productos mediante un dialogo entre productores y consumidores, unos precios que sean justos para los unos y asequibles para los otros. Llevar este propósito a la práctica es difícil porque todos saben que una cosa es decir y otra, muy diferente, hacer. Ese círculo vicioso debe romperse por el único sitio que es posible, la unidad insobornable entre lo que decimos y lo que hacemos.