No hay naranjas de zumo, no hay naranjas de mesa… hay naranjas

 

Cuando era niña y por las calles había pocos coches, los caballos y los carros instalados en las cuadras del corral de mi casa mantenían la tradición familiar. Mi abuelo y mi padre trabajaban como jornaleros las tierras con caballos.

 

Después fui creciendo y mi padre cambió los animales por la mula mecánica y el carro por un remolque, y continuaba trabajando las tierras con estas herramientas modernas.

Cuando hacía buen tiempo cogíamos las sillitas que utilizábamos para ver la televisión en casa de la vecina, las colocábamos juntas en el remolque y nos poníamos en marcha hacia el campo. Mi madre, mi tía, mi vecina y todos los niños y niñas que cabíamos en el remolque, nos sentábamos para no caer en el trayecto. Al llegar al campo de la Perera, tendíamos las mantas y mientras las madres preparaban la merienda, nosotros jugábamos disfrutando del buen tiempo.

El campo, estaba lleno de naranjos, parecía como un bosque de árboles navideños todo lleno de bolas luminosas. Mi padre escogía un naranjo grande, lleno de naranjas de todos los tamaños y nos hacía elegir una naranja a cada uno. Mi amiga y yo cogíamos una de las gruesas, mi hermano prefería una mediana y los más pequeños, pequeña.

Nosotros no entendíamos de las denominaciones que el mercado había decidido injustamente naranja de zumo al tamaño más pequeño o naranja de mesa para los más grandes. Elegíamos del mismo árbol el tamaño que nos apetecía.

Cuando recibáis una caja de Aigua Clara…cerrad los ojos… imaginad que estáis ante un magnífico árbol de naranjas. y…podéis elegir el tamaño que más os apetezca.
 
 
Puedes ampliar información en nuestra página: El consumo responsable de naranjas