Producción artesanal y transgénicos

 

Hace dos años visitamos a un productor artesanal de quesos que conocimos en una feria de artesanía. Aunque la producción no era ecológica, en principio reunía condiciones para iniciar una relación comercial. El rebaño de cabras era de raza autóctona Monchina Murciana. En primavera y comienzos de verano el régimen del ganado era estabulación abierta y corral. Su alimentación se basaba en el pastoreo diario de hierbas y rastrojos, complementada con alfalfa henificada y cebada. En invierno, épocas de sequía o para las cabras en lactancia, recurrían al pienso.

 

El rebaño se dividía en dos para mantener equilibrada cría y leche durante todo el año. Los tratamientos sanitarios eran los que recomienda la Asociación de Defensa Animal (ADA). Lamentaban tener que vacunar de brucelosis porque, según ellos la zona podía estar exenta de brucelosis de no ser por los malos hábitos de algunos ganaderos. Seleccionaban vacunaciones sobre las no preñadas o lactantes para no tener que retirar la leche.

 

Los quesos se producían en días alternos juntando la leche de 4 ordeños (2 diarios) que sumaba unos 500 litros y se pasteurizaban todos, excepto los que iban en aceite que eran de leche cruda. De la cuba de pasteurización pasaban a los moldes (de plástico) cubiertos con trapos blancos para no saturar los poros. Allí estaban algunas horas y después se desmoldaban e iban a la cámara de fermentación, compuesta por unas baldas de madera donde se colocaban los quesos. Las condiciones de la cámara (16-18º de temperatura) y baja humedad permitían el secado. De ahí salían para la venta los quesos tiernos con 4 o 5 días (como las dos terceras partes de la producción). Los que quedaban más de 30 días, pasaban a una cámara de conservación, previamente parafinados para proteger de hongos, con temperatura y humedad algo más alta. Si tenían más de dos meses eran curados, si menos, semicurados. Además hacen unos quesos aromatizados con hierbas (romero, y otras) forrados por el exterior y cubiertos con aceite de oliva y pimentón. Tras unos días en maceración también se parafinaban. En otra dependencia tenían los quesos en aceite, metidos en unos recipientes durante varios meses ( no recuerdo los plazos).

 

En resumen, parecían reunir las características que pedimos a un productor, aunque no sea ecológico: proximidad, pequeña escala, alimentación y condiciones naturales, elaboración artesanal y precios razonables. También contaban con otros requisitos a valorar como son manejo de razas autóctonas y mantenimiento de una actividad tradicional.

 

Sin embargo, cuando observamos que los piensos que complementan la alimentación de las cabras en lactancia, contenían un 13% de soja y un 13% de maíz transgénicos, su reacción inicial fue no darle importancia. Al señalarles que para nosotros era un tema fundamental, nos dijeron que no estaba en su mano modificar este asunto. Les sugerimos hablar con la cooperativa que les suministraba el pienso o buscar otro proveedor que no utilizara transgénicos, pero no cambiaron su formulación. Su argumento era que esta cooperativa les daba garantía en las materias primas y que no podían hacer otra
cosa.

 

A pesar de la calidad de sus quesos y lo bien tratadas y alimentadas que estaban sus cabras, cuando planteamos el problema de los transgénicos se movieron exclusivamente en términos económicos y descargaron la responsabilidad en la cooperativa suministradora de los piensos. Era como si ya no les preocupara la calidad de sus productos ni la salud de sus cabras. No entraron a valorar que estos piensos transgénicos pueden afectar a la salud de sus animales o de los consumidores.

Como no hay obligación de certificar la alimentación transgénica del ganado, un productor artesano que vende a un segmento de mercado de calidad, no se ve amenazado al emplear piensos transgénicos, sobre todo porque sus clientes no lo saben. En este caso, aunque afirman buscar una relación directa y de confianza con sus clientes (consumidores directos en su mayoría), no plantean una relación recíproca. Más bien al contrario, son inflexibles a la hora de integrar cualquier razón al margen de su mercado de alimentación artesana.

 

Su indiferencia frente a la alimentación de sus animales hace decaer la posibilidad de que mantengamos una relación comercial con ellos. Esta indiferencia se entiende tanto a los efectos de los transgénicos aquí, como al monocultivo de soja transgénica para la exportación en países como Argentina y Brasil, a pesar de la contaminación y la inseguridad alimentaria para las poblaciones de esos países.

 

Tras la imagen de calidad, pequeña escala y explotación familiar de la producción artesanal, se oculta la penetración de las multinacionales en la alimentación y el manejo ganadero, controlando la distribución de los piensos y el acopio de las materias con las que se fabrican. Pero también, que estos productores artesanos presentan a los productores intensivos como peligrosos, cuando ellos no están dispuestos a dar un paso para impedir la penetración de los transgénicos.

 

La exigencia de etiquetado en alimentos para consumo humano consigna la presencia de transgénicos, aunque sólo hayan intervenido puntualmente en el proceso (por ejemplo levadura transgénica en la elaboración de vino). Sin embargo, esta exigencia desaparece cuando se trata de alimentación animal. Tampoco se preocupa nadie por los daños sobre la salud de los animales porque hasta que no haya casos del daño probados científicamente, no se aplicará el principio de precaución.