Comentarios sobre el derecho al aborto.

Con estos comentarios quiero apoyar el hecho de haber incluido en la contraportada del boletín de la cooperativa una apuesta por la celebración del 8 de marzo con la reivindicación: “las mujeres deciden, nuestros cuerpos son nuestros”. También quiero justificar la inclusión de los contenidos de la defensa de un verdadero derecho al aborto aquí y ahora. Cuando lo incluimos no pensábamos hacer una defensa particular de ninguna de las consignas feministas y sí una referencia genérica a la celebración del 8 de marzo como el día de la lucha de las mujeres, de todas las mujeres y no solo de las mujeres con trabajo asalariado. Pero la reacción que ha provocado merece dedicarle tiempo y debate, entre nosotras, al derecho al aborto, una de las principales reclamaciones del movimiento feminista.

El aborto no es nuestro. Es una consecuencia indeseada ante un embarazo no querido. Lo que reivindicamos las mujeres feministas y otras que no lo son, es el derecho a abortar y no ser condenadas por ello.

En nuestro país, el derecho al aborto no es un derecho pleno de las mujeres. Sólo hay una despenalización parcial en algunos supuestos y con unos plazos limitados. También exige recursos económicos ya que la objeción de conciencia de muchos médicos impide que el derecho a interrumpir el embarazo se realice gratuitamente en la sanidad pública. Es cierto que en muchos otros países no existe ni despenalización parcial, ni derecho a utilizar medios anticonceptivos. Pero los abortos se practican igualmente, con el coste de una mortalidad elevada de las mujeres pobres que se someten a abortos clandestinos sin condiciones de seguridad. Las mujeres de los países ricos compartimos con las mujeres de dichos países una situación que nos culpabiliza y condena ante el aborto.

Este derecho de las mujeres ha sido perseguido desde siempre por ciertos sectores de la sociedad. En los últimos meses se recrudece la persecución por parte de la Jerarquía Católica Española y la derecha más recalcitrante, pretendiendo condenar por asesinato a las mujeres que abortan y al personal sanitario que les asiste. Muchos sectores sociales y muchas mujeres se han pronunciado contra esta campaña. Cabe destacar entre las razones del colectivo de mujeres “Católicas por el Derecho a Decidir” las siguientes palabras:

“El aborto es agresivo, efectivamente, también para el cuerpo y la salud de la mujer y deberíamos evitarlo, pero no mediante la ocultación y la persecución, sino dando posibilidades a las mujeres para que puedan optar.
Las mujeres somos capaces de tomar decisiones morales, buenas y útiles para nuestras vidas y la de nuestra gente, constantemente lo estamos haciendo. Cuando decidimos pasar por hacernos un aborto, decisión nunca sencilla, hemos meditado nuestras posibilidades y optamos desde lo que consideramos mejor para nuestras vidas. Nadie tiene derecho a optar por nosotras.” [1]

Quienes nos niegan este derecho, lo hacen como si en todo momento pudiéramos decidir libremente si queremos o no tener un hijo; pero ésto no es así, sobre todo para las mujeres pobres. Muchas mujeres de nuestra generación no hemos tenido que elegir entre ser madre o abortar. Desde muy jóvenes hemos tenido la educación y la posibilidad de poner los medios para no quedar embarazadas, posibilidad que no tenían nuestras madres. La mayoría de nosotras no hemos sido violadas ni tenido ningún fallo en los métodos anticonceptivos empleados. Muchas mujeres han podido optar entre ser o no ser madres, cuando eran conscientes de no tener las condiciones adecuadas. Pero otras muchas no lo han tenido tan fácil. Hay demasiados casos en los que una pareja vive circunstancias difíciles, incluso cuando la relación está rota ya. Si esa mujer además, comparte hijos pequeños con su pareja, esta relación se convierte en un fardo del que tendrá muchas dificultades para desprenderse.

La negación del derecho al aborto nos impide a las mujeres decidir sobre nuestro propio cuerpo. Pero también, nos somete más aún, a una sociedad machista, capitalista e individualista. La maternidad tiene que ser elegida y no vivida como un castigo porque en un momento pudimos equivocamos. Aún es peor si se produce porque un hombre nos forzó o se negó a utilizar métodos anticonceptivos porque “así él no disfrutaba nada”. Cuando, habiendo actuado de forma inconsciente, te arrepientes y deseas interrumpir el embarazo, personas ajenas a tí que no saben cómo es tu vida (curas, ideólogos, moralistas) y que no se van a hacer cargo de las consecuencias que te acarreará tener ese hijo, te presionan para continuar y te condenan si no les haces caso.

Si apelamos al humanismo, hay que empezar por respetar el derecho de una mujer a decidir sobre su propia maternidad. Aunque no esté penalizado el aborto, ninguna mujer en esta encrucijada está libre de presión social. Desde sus propias dudas, creencias y convicciones, hasta la presión de pareja, familiares, amigas y entorno social. Siempre es difícil tomar una decisión libre sobre un asunto en el que se ha vertido tanta condena moral. Pero es peor aún si se considera un delito. Muchas mujeres no llegan a abortar porque sus parejas y familia las presionan para continuar, aunque ellas no quieran.

A continuación, quisiera dialogar con las reflexiones del texto: “Nuestro aborto”.

“Con nuestro aborto estamos rompiendo con una parte de nosotras que nos diferencia de los hombres, nuestra capacidad de colaborar con la vida desarrollándola en nuestro cuerpo”.

Ejercer el derecho a abortar no imposibilita ser madre. Sólo aplaza esta decisión a un momento mejor de tu propia vida, sin olvidar que hay mujeres que abortan después de haber sido madres, teniendo ya otros hijos e hijas y conscientes de lo que hacen, tanto si continúan como si interrumpen su embarazo.

“Con nuestro aborto Triunfa Una sociedad oscurantista e hipócrita que quiere tapar la sexualidad condenarla, condenar a la mujer sin marido, insultar y calumniar la dignidad de una mujer embarazada y sola.”

La parte de la sociedad que condena a las madres solteras es la misma que no les deja decidir sobre sus cuerpos y su sexualidad. No las condena por el hecho de ser madres, sino por no haber sido “decentes”, por haberse divertido con hombres y haber quedado embarazadas fuera del matrimonio. Esa sociedad oscurantista e hipócrita emplea un doble rasero. Por el mismo comportamiento que a nosotras nos condena como mujeres, a ellos les felicita como hombres. Mucho menos concibe que las mujeres quieran tener hijos recurriendo a los hombres sólo en el momento de la concepción y sin ser obligadas a tener padre para sus hijos ni a compartir con él otros ordenes de su vida. Además, hay que contemplar que algunas mujeres quedan embarazadas de un hombre que no asume la responsabilidad de cuidar al hijo que viene. Es peor aún, cuando se trata de un hombre que las ha forzado a tener sexo. En algunos casos se trata de abusos dentro de la propia familia. La violación sistemática de mujeres desgraciadamente es moneda corriente en zonas de guerra [2] . En estos casos, se produce el rechazo de un hijo por lo que éste representa.

También puede considerarse el aborto como el mal menor para mujeres pobres o educadas en que nuestra función es tener hijos y que un hombre se ocupe de nosotras.

Un porcentaje importante de embarazos no deseados se produce entre mujeres muy jóvenes inmaduras psicológica y/o económicamente para cuidar de sí mismas y menos aún, para cuidar a una criatura e incluso a un padre, también inmaduro. Si no permitimos que esas chicas decidan o no ser madres, ¿qué pasará con ellas y con sus hijos?. ¿Qué libertad sobre sus cuerpos, su sexualidad, su maternidad y su vida les dejamos?

“Con nuestro aborto Triunfa Una sociedad capitalista masculina esclavista, donde el triunfo en el trabajo sólo es posible renunciando a una vida familiar, se condena a la mujer apartándola de un ascenso, minusvalorando sus capacidades por falta de dedicación al dios trabajo.”

Esto es cierto. Sin embargo, el derecho al aborto ni pone ni quita esta circunstancia. Como bien saben las mujeres con responsabilidades familiares, las dobles y triples jornadas (sin ascensos ni reconocimiento social) se complican cuando tienen hijos pequeños y sus maridos no comparten con ellas su cuidado. Hay que avanzar en el reparto del trabajo, no sólo del empleo. De todo el trabajo, no sólo el asalariado. Y socializar, que no privatizar, el trabajo de cuidados. En un contexto de mayor reparto de las tareas domésticas y del cuidado de las personas dependientes, las mujeres podrían plantearse su maternidad sin tantas renuncias.

“Con nuestro aborto Triunfa Una sociedad del primer mundo que busca su bienestar con políticas de esterilidad en el tercer mundo a cambio de electrodomésticos en lugares sin energía eléctrica, siempre a favor de la lucha contra el hambre mundial.”

Desconozco si en algún país se ha intercambiado en alguna ocasión esterilidad por electrodomésticos. Conozco denuncias acerca de la esterilización sin conocimiento ni consentimiento de las mujeres. Se les realiza la ligadura de trompas en el mismo paritorio y de forma obligatoria cuando, previamente, no se les facilitan medios anticonceptivos porque la esterilización es más barata. Esto último es condenable. Aun partiendo del ejemplo de intercambiar esterilidad por una lavadora, yo no las condenaría. Se trataría de una reacción pervertida, pero explicable para salir de un destino que no les permite otra cosa que ser madres y esclavas de sus maridos.

“Con nuestro aborto Triunfa Una sociedad insolidaria donde la mujer tiene que plantearse abortar al no tener apoyo familiar, recursos económicos, no poder ser independiente económicamente.”

Estoy convencida de que las mujeres que abortan por estas razones, preferirían no hacerlo. Pero, en todo caso, el derecho al aborto les permite, al menos en lo relativo a su propio cuerpo y a las consecuencias de tener un hijo no deseado, decidir por sí mismas. Una sociedad que no pone los medios para cuidar de tod@s l@s niñ@s y personas dependientes sin cargar en exclusiva a las mujeres con estas tareas y, además, les niega el derecho al aborto, es además de injusta, hipócrita.

“Con nuestro aborto Triunfa Una sociedad irresponsable donde la satisfacción inmediata de nuestros deseos está por encima del respeto a la otra persona a su cuerpo, teniendo siempre a mano el aborto, en muchos casos experiencia traumática.”

Abortar es siempre una experiencia traumática. Se trata de una decisión difícil que sólo puede optar entre un mal mayor y otro menor. Exigir el derecho al aborto es reclamar que las mujeres podamos tomar por nosotras mismas la decisión de interrumpir un embarazo cuando no lo deseamos. No sólo cuando tendrá como resultado un bebé con problemas genéticos, físicos o psicológicos; no sólo cuando no hemos podido elegir no quedarnos embarazadas; no sólo cuando, aunque hayamos intentado impedirlo, han fallado los medios. Muchas mujeres reclamamos nuestro derecho a poder decidir abortar en todos los casos en que una mujer embarazada valore que son peores las consecuencias de tener un hijo/a, que asumir una decisión tan importante y dolorosa. La organización de feministas “Católicas por el Derecho a Decidir” reclama, junto con otras mujeres, ese derecho sin cortapisas. Según sus propias palabras en la declaración de su constitución (17-9-1997): “Hemos afrontado, durante el curso pasado y junto con otros colectivos feministas, la defensa de la ampliación de la ley de despenalización del aborto que en nuestro país sólo es legal en tres supuestos, violación, riesgo para la vida de la madre y grave trastorno psicológico, pero que no es rec
onocido como un derecho de las mujeres sino que se sigue considerando delito exceptuando los casos anteriormente citados”.

Las palabras de este colectivo de mujeres están en sintonía con la consigna incluida en la contraportada del boletín núm, 4. De eso estamos hablando cuando reclamamos la despenalización del aborto en todas las circunstancias, no sólo en los casos prescritos por la ley, y en la seguridad social, y no en clínicas privadas por la objeción de conciencia de los médicos fundamentalistas.

“Con estas líneas sólo quiero expresar algunos sentimientos femeninos que muchas veces ocultamos o tapamos y que son parte de nuestra propia naturaleza de mujeres y a veces difícilmente comprensibles a los hombres.”

Hay una naturaleza natural de las mujeres en la que, por cierto, no diferimos tanto de los hombres. Aunque algunos hombres usen la ciencia pretendiendo demostrar lo contrario. Por motivos opuestos una corriente feminista denominada “feminismo de la diferencia”, ha intentado ampliar esas diferencias, considerándolas también una supuesta ventaja sobre los hombres. Llevaría tiempo profundizar por ese camino para mostrar, también con argumentos, lo contrario postulado por el feminismo de la igualdad. Y no voy a continuar aquí por este camino. Simplemente resaltar que, ni siquiera al interior del movimiento feminista, hay acuerdo sobre una naturaleza natural de todas las mujeres y diferente de la naturaleza natural de los hombres.

Además de una naturaleza natural, hay una naturaleza social, que es la que más pesa a la hora de referirnos a nuestros deseos, sentimientos y sensaciones. La parte sensitiva de las personas, de hombres y de mujeres, tiene más naturaleza social que natural. El aparato psíquico-biológico prácticamente no es determinante una vez que se empieza a construir la personalidad. Como esta naturaleza social es construida, las mujeres diferimos entre nosotras en función de las creencias, valores, educación, condición social en que hemos sido educadas, pero también en función de las experiencias y relaciones que hemos vivido, que también nos construyen. La diferenciación de géneros, masculino y femenino, se construye desde esa naturaleza social.

No hay que olvidar que una parte importante de esa naturaleza social aunque se considere propia de las mujeres, ha sido construida en una sociedad en la que nuestra subordinación a los hombres es estructural. Dicha subordinación se mantiene mediante la coacción, pero también con nuestro consentimiento. Ese consentimiento se consigue a través de la interiorización de un imaginario femenino que, o bien considera normales los privilegios que los hombres tienen sobre nosotras, o bien transige con dichos privilegios. Nuestros sentimientos a veces no son tan nuestros. Tenemos que sopesar con mucho cuidado lo que creemos que sentimos como mujeres, no sea que realmente nos hayan hecho creer que lo sentimos. Con toda seguridad sentiríamos de otra forma si hubiéramos sido educadas en una relación no subordinada al género masculino.

Mis reflexiones no son condenatorias sino todo lo contrario, solidarias con algunas mujeres que han ejercido ese derecho.

Este párrafo estaba al principio del texto “Nuestro aborto”. Me he permitido variar el orden porque mis comentarios son más apropiados al final. Se trata de reflexiones bienintencionadas. Sin embargo están cargadas de prejuicios procedentes de la educación que todas hemos recibido. Estos prejuicios provienen de doctrinas contrarias al aborto y tienen como sustrato la negativa a que las mujeres podamos decidir, sin coacciones, lo que es mejor para nosotras. Estas doctrinas son patrimonio de la derecha y de la jerarquía eclesiástica.

El hecho de que algunas de estas ideas sean sostenidas por mujeres, tiene que ver con la inexistencia de espacios para que nosotras elaboremos nuestra propia experiencia y hablemos sobre estos asuntos sin la presencia y la tutela de los hombres ni de sus intereses. Quizá este dialogo sea una oportunidad para que lo hagamos las mujeres de la cooperativa. Una conversación desprejuiciada entre nosotras donde puedan intervenir otras compañeras que no prefigure el resultado.

Confío en que las reflexiones vertidas en ambos textos sean una oportunidad para abrir este diálogo a otras compañeras.

P. 1/5/08

[1] Para ver el resto del comunicado http://www.redescristianas.net/2008/01/23/llamamiento-de-catolicas-por-el-derecho-a-decidir-a-la-opinion-publica/. Para más información sobre este colectivo feminista http://www.catolicasporelderechoadecidir.org/principios.php

[2] El País, domingo 23-03-08, “Botín de guerra, las víctimas de la guerra del Congo: violadas en la selva, repudiadas en casa”