Burbujas. Crisis. Izquierda

La crisis económica agrava los problemas alimentarios. A la espera de mejores expectativas, los dueños del capital hacen huelga de inversiones con resultados devastadores en la economía y la sociedad. Los bancos escatiman los créditos, las empresas despiden trabajador@s y aumenta la explotación. El derecho a “crear riqueza” privada se convierte, paradójicamente, en derecho a destruir riqueza social (cierre y deslocalización de empresas, regularización de empleo, despidos, millones de muertos anuales por hambre, enfermedades alimentarias y laborales). La libertad de empresa se impone sobre derechos y libertades de la población. Todo ello consentido por los poderes públicos.

El descenso de la actividad económica y el paro reducen los ingresos fiscales y aumentan los gastos del Estado, poniendo en cuestión la sostenibilidad de la protección social y los programas de lucha contra el hambre. En los países empobrecidos el resultado es: hambrunas, guerras, sequías, inundaciones, tempestades y migraciones masivas. La esperanza de vida de 500 millones de personas en el África Subsahariana es 49 años, diez menos que en 1990.

Necesitamos descifrar el enigma de una cadena de subordinaciones criminales: el trabajo está sometido al capital, el valor nutritivo de la comida a su precio, el campo a la ciudad y los derechos humanos al crecimiento económico. Este enigma no se puede explicar al margen de las políticas que permiten su funcionamiento. La impunidad de los poderosos y la sumisión de las víctimas no son hechos naturales sino producto de relaciones de poder y violencia, tanto física como cultural. Esta violencia explica que elijamos gastar nuestra vida en trabajos que odiamos para comprarnos cosas inútiles. El adoctrinamiento y la coacción nos hacen elegir la esclavitud. Todo es formalmente democrático. El desprecio a los derechos humanos y el incumplimiento de las leyes protectoras de la salud y la vida, sería imposible sin el consentimiento de trabajador@s, consumidor@s y ciudadan@s.

Las soluciones de la izquierda institucional (partidos y sindicatos) comparten con las soluciones de la derecha, el protagonismo de la economía de mercado como principio organizador de la vida social. Al concentrarse en los efectos, ignorando las causas y desatendiendo la organización popular, las políticas de la izquierda mayoritaria, carecen de fuerza y, por tanto, forman parte del problema. Por otro lado, el carácter testimonial de las muestras democráticas de desacuerdo, ha cronificado la impotencia de los movimientos sociales y ha naturalizado los crímenes contra los pueblos, las mujeres y l@s trabajador@s. Este fracaso nos conduce al salto compulsivo de moda en moda y de campaña en campaña, lo que posibilita el protagonismo de personajes insignificantes, haciendo imposible nuestra propia memoria histórica y, por extensión, cualquier proceso de acumulación de fuerzas. Aunque no es fácil, es necesario cambiar el rumbo.