Crisis alimentaria, crisis total y movimientos sociales. 6ª Entrega

Tras generar beneficios incalculables, los excesos de los mercados inmobiliarios y financieros han exportado su crisis al resto de la economía y trasladado sus daños a toda la sociedad a través del estado.

Ante la crisis económica y la pérdida de rentabilidad de los mercados cuyas burbujas han explotado, enormes masas de capital se mueven libremente por el mundo en busca de nuevas oportunidades de negocio. De la mano de entidades financieras y de fondos de pensiones con millones de cuentacorrentistas, estos capitales desembarcan en el mercado de materias primas alimentarias, como el trigo, la harina de maíz o la semilla de soja.

El crecimiento de estos mercados no guarda relación con los cambios en la oferta y la demanda de los alimentos sino con la alteración artificial del precio de los mismos. El aumento de la demanda de las acciones de las empresas alimentarias, eleva el precio de éstas y dicha elevación se transmite al precio de los alimentos. El resultado es una nueva burbuja que produce beneficios escandalosos, pero también pobreza y hambre para mil quinientos millones de personas que gastan en comer casi toda su renta mensual.

El hambre creciente no se debe a causas desconocidas sino que forma parte del “progreso capitalista”. El capitalismo es el sistema que más hambre ha producido en la historia de la humanidad. Es cierto que nunca ha habido tantos ricos, pero a costa de la producción masiva de pobres. La causa principal del hambre es el espíritu del capitalismo que persigue el crecimiento por el crecimiento, el beneficio por el beneficio y la imposición del interés privado sobre el interés general.

El culto a la tecnología, la competitividad y la globalización es el caldo de cultivo para que la producción de capital tenga más derechos que el trabajo, los cuidados, la alimentación, la salud, la educación, la cultura, la naturaleza, la política y la dignidad humana. Los regímenes parlamentarios de mercado han convertido a la democracia y a la izquierda en instrumentos del capitalismo.

Estamos ante una crisis total: económica (destrucción masiva de recursos productivos, en particular, fuerza de trabajo); laboral (explotación, precariedad y desempleo de masas); social (pobreza y exclusión galopantes); ecológica (contaminación, cambio climático y destrucción de la biodiversidad); sanitaria (epidemias y pandemias constantes); política (privación generalizada de derechos, libertades y garantías jurídicas y procesales); democrática (el gobierno está en mano de financieros y especuladores y la izquierda se confunde con la derecha); cultural (los medios de comunicación y el sistema educativo están al servicio de la reproducción de este desorden social); ética (el individualismo y la competitividad disuelven la naturaleza social de las personas).

La crisis actual contiene un síndrome en el que las terapias que mejoran unos síntomas empeoran el resto y agravan al paciente. Por eso es necesario ir a la raíz de los problemas. La contradicción no se da entre sanear las cuentas del estado para que la economía crezca o fomentar el crecimiento económico para sanear las cuentas del estado, sino entre una  economía al servicio de la sociedad y una sociedad al servicio de la economía.

Ante la violencia de la economía de mercado y la impotencia o complicidad de la clase política, la sociedad organizada empieza a aparecer en escena para privar a los enemigos del pueblo de su libertad para disponer de los derechos y la dignidad de todos. Las movilizaciones contra la privatización de la educación y la sanidad, el despido libre, los desahucios y los derribos, la inseguridad alimentaria, la violencia contra las mujeres, el racismo y la modificación arbitraria de las leyes por la clase política y judicial, son el territorio de la confluencia de todos los movimientos sociales en un movimiento de masas unitario, democrático y pacífico que detenga esta dinámica y abra nuevos horizontes constituyentes.

El consumo responsable agroecológico en defensa de la seguridad y la soberanía alimentaria tiene que responsabilizarse de las dimensiones ecológicas, sociales y políticas de la producción y el consumo de alimentos, aportando su energía a este movimiento. El próximo 16 de octubre es el Día mundial de la Alimentación. Desde la iniciativa en barrios y pueblos, debería desplegarse una actividad de estudio, debate, comunicación social y movilización que, desde dentro del movimiento 15-M, confluyera este día  en un acto de protesta contra el hambre, la comida basura, las multinacionales alimentarias y sus científicos y políticos jornaleros, capaz de poner en pié un potente movimiento de consumidores responsables agroecológicos en defensa de la seguridad y la soberanía alimentaria.