Crisis económica e inseguridad alimentaria. Problemas y alternativas

LOS PROBLEMAS

La crisis económica está agravando los problemas alimentarios a escala mundial. A la espera de mejores expectativas de rentabilidad, los dueños del capital hacen huelga de inversiones produciendo efectos devastadores para la economía y la sociedad. Los bancos escatiman los créditos y las empresas despiden trabajadores y aumentan la explotación. El derecho del capital a “crear riqueza” privada se convierte, paradójicamente, en derecho a destruir riqueza social y atentar contra la seguridad alimentaria de la humanidad (cierre y deslocalización de empresas, regularización de empleo, despidos, millones de muertos anuales por hambre y enfermedades alimentarias). La libertad de empresa se impone sobre derechos humanos y libertades de la mayoría de la población. Todo ello consentido por los poderes públicos.

Solidarizarse con l@s parad@s, bajando los precios de los alimentos. Esta acción “filantrópica” esta financiada por la extorsión a l@s agricultor@s, la explotación de sus emplead@s y la degradación de la comida que nos venden, (menos nutrientes de calidad y más grasas “trans”, hidratos de carbono “rápidos”, químicos y transgénicos). Una comida más tóxica y enfermante activa el mercado de alimentos funcionales y remedios contra las enfermedades alimentarias: diarrea, estreñimiento, gases, hemorroides, acidez de estómago, alergias, caries, hipertensión, colesterol, obesidad, osteoporosis, etc. El descenso de la actividad económica y el paro reducen los ingresos fiscales y aumentan los gastos del Estado, poniendo en cuestión la sostenibilidad de la protección social y los programas de lucha contra el hambre. En los países empobrecidos el resultado es peor. Hambrunas, enfermedades, guerras, sequías, inundaciones, tempestades y migraciones masivas, colocan la esperanza de vida de quinientos millones de personas del África Subsahariana en 49 años, diez menos que en 1990.

LAS ALTERNATIVAS

Consumidor@s
Más de una década de ensayos militantes con abundancia de palabras y escasez de hechos arrojan un triste resultado para el consumo responsable. Su componente fundamental es el consumo biológico de las clases pudientes, individualizado, despolitizado y dependiente de las grandes superficies, que tiende a convertirse en un nicho del mercado global controlado por las mismas multinacionales alimentarias. Este mercado está regido por la misma lógica de competitividad, explotación del trabajo, aumento de la escala productiva y distribución mundial que el mercado convencional de alimentos, solo que sin productos químicos, por ahora. Esto explica por qué, al día de hoy, la agroecología es inviable al margen de la exportación, las subvenciones y las grandes superficies.

Las experiencias colectivas de consumo responsable más sociales, a menudo cargadas de ideología y faltas de compromiso político, se instalan en una marginalidad autocomplaciente, lo que dificulta el crecimiento de las redes de consumidor@s organizad@s. El subdesarrollo del consumo responsable tiene que ver con el aumento imparable de las epidemias alimentarias, el hambre y las dificultades de los productores agroecológicos. Ante las tragedias alimentarias, incrementadas por epidemias como la gripe porcina, l@s consumidor@s responsables del primer mundo debemos redoblar nuestra actividad en defensa de la seguridad alimentaria. Una alimentación abundante en verduras y frutas de temporada, legumbres, cereales integrales y agua, además de mucho más barata y solidaria, es una inversión en salud que nos librará de muchas enfermedades y nos defenderá mejor de la gripe porcina. Pero eso supone tomar distancia con la alimentación globalizada (carne, azúcar refinado, grasas de origen animal, alcohol, café y tabaco).

Volver los ojos hacia la dieta mediterránea está a favor de la razón y de la vida, pero en contra del adoctrinamiento televisivo. Hace falta valor para hacerlo porque, en las democracias de mercado, la televisión determina las ideas, el lenguaje y los deseos de los “ciudadanos libres”. No comprar lo que anuncia la televisión, no entrar en las grandes superficies y sostener el residual comercio resistente, aparece como un comportamiento lunático y arcaico. Sin embargo, quien lo hace está madur@ para dar un paso decisivo: dedicar tiempo y energía al consumo responsable organ
izado. La recompensa a este esfuerzo es bienestar físico y social. Gracias a nuestra actividad, los agricultores ecológicos, contraparte necesaria para el crecimiento del consumo responsable, tendrán más comprador@s movilizados a favor de una alimentación comprometida con las personas y no con el mercado.

Agricultor@s
Los agricultores ecológicos también deberían revisar sus prioridades. No es ecológica una producción alimentaria basada en la exportación, la venta a través de grandes superficies y las subvenciones de los gobiernos globalizadores.

Las organizaciones agrarias apuestan por la industrialización y la globalización alimentaria, al tiempo que sostienen sectores agroecológicos decorativos. Esta ambigüedad favorece la marginación y el desconcierto de los agricultores que acuden a mercados biológicos donde nadie se plantea el enfrentamiento con la producción y distribución global de los alimentos. En esos mercados se encuentran consumidor@s y agricultor@s preocupados por “lo suyo” e indiferentes a los problemas “del otro”. En estos espacios falta, precisamente, la sustancia del apoyo mutuo: el enfrentamiento con la producción de mercancías alimentarias para el mercado mundial y de un consumid@r individualista y despolitizado. La “ilusión” de conseguir muchos consumidores ecológicos se refuerza en jornadas y debates donde, a menudo, l@s agricultor@s comparten discurso con alternativas de consumo marginales ydemagógicas, sostenidas por la izquierda «alterglobalizadora».. En la agricultura ecológica también se producen prácticas comerciales poco edificantes. Por ejemplo, vender a través de multinacionales o de gran distribución o tirar los precios a través de grandes superficies o mercadillos, con lo que dejan en mal lugar a colectivos, pequeñas tiendas de alimentos ecológicos o cooperativas de consumo que, sin más afán económico que el necesario para su propia supervivencia, cargan un porcentaje a sus precios de compra.

Agricultor@s y consumidor@s
Partimos de una realidad muy negativa, incluyendo nuestros propios comportamientos. Sin embargo, agricultores y consumidores responsables podemos utilizar la crisis como un estímulo para aprender de nuestros errores, superar nuestras limitaciones y aumentar nuestra cooperación. Para empezar, debemos evitar las “buenas intenciones” verbales y huir del doble lenguaje. Esto requiere definir bien los problemas, sus causas y sus causantes. Si la realidad es catastrófica hay que tomar partido y evitar el “buen rollo” de llevarse bien con todo el mundo. Para hacer una tortilla hay que cascar los huevos. Al salir de tan abajo –y precisamente por ello nuestros hechos deben estar cargados de convicción. Si las dificultades son grandes, también debe serlo nuestra decisión de superarlas. Disponemos de experiencia y entusiasmo. Nuestros proyectos contienen un enorme potencial de desarrollo porque apuntan a problemas de la mayoría. Frente al hambre y la comida basura, la derecha y la izquierda globalizadoras no tienen soluciones sino parches que forman parte del problema. Los consumidores no podemos hacerlo sin los agricultores. Ni ellos sin nosotros.

Debemos extraer lo positivo de doce años de fracasos. Aprender de lo negativo, no para perfeccionarlo, haciéndolo más negativo, sino para evitarlo. No podemos convertir a quienes criticamos en nuestros maestros o nuestros protectores. Los fracasos nos colocan en una posición más favorable para organizar un movimiento social de consumidores responsables en defensa de la seguridad alimentaria. Un movimiento estudioso, participativo, organizado, territorializado, confederado y con vocación de crecer con los agricultores ecológicos. Ni todo ideología, ni todo calidad-precio y comida sana para pequeños grupos. Superando la desconfianza y el miedo, la cultura de la queja y el desencanto, el individualismo y la parálisis intelectual. No sólo hablamos de problemas, también construimos soluciones. No sólo para el día de mañana, sino también aquí y ahora. Un movimiento con dimensión teórica, política, comunicativa y empresarial, no regido por el ánimo de lucro, sino por la lucha contra el hambre, la comida basura y las epidemias del capitalismo global. Pero, sobre todo, un movimiento organizado y autónomo de la izquierda capitalista y las agencias del PSOE.

Al intentar comer sano, estudiando y difundiendo cultura alimentaria, con precios justos para los agricultores y asequibles para todos los consumidores, construimos una realidad económica, cultural y política. Un movimiento de consumidores responsables agroecológicos, autogestionado, participativo y popular, autónomo del poder económico, político y mediático. Un contrapoder a la impunidad de las multinacionales alimentarias.

A pesar de las dificultades y con entusiasmo renovado, investigamos, ensayamos y construimos nuevas formas de alimentación, comunicación y movilización social.