Cumbre de Copenhague: Cambio climático y ecologismo virtual

El fracaso de la Cumbre sobre el Cambio Climático el pasado diciembre de 2009 en Copenhague, contrasta con las expectativas que había suscitado. Lo que Copenhague ha producido está muy lejos del Protocolo de Kioto, que incluía sanciones contra los países más contaminantes. Tres folios de compromisos “voluntarios” que ni siquiera mencionan la agricultura, a cambio del “éxito” de la inclusión de EEUU y China. Convierte en una quimera cualquier esperanza de reducción de emisiones de CO2 en la próxima Cumbre de México.

¿A qué se debe la parálisis del sistema mundial de estados representado por más de un centenar de jefes de estado y de gobierno, en medio de catástrofes climáticas, deshielos, inundaciones, sequías y huracanes, con un balance desolador en términos ecológicos, económicos y humanos? ¿Cómo se explica que la creciente conciencia ecológica sea capaz de frenar a las multinacionales?

Las señales sobre la irreformabilidad del actual modelo económico globalizado se refuerzan con la dimisión Yvo de Boer, secretario de la Convención de la ONU para el Cambio Climático. Ante el incumplimiento general del Tratado de Kioto y la impotencia del Panel Intergubernamental del Cambio Climático para frenar el progreso de la crisis ecológica, los políticos bienintencionados que intentan ser portavoces de la alarma social frente al cambio climático, acaban tirando la toalla. De Boer, en la Cumbre de Bali de 2007, salió de la sala de conferencias sollozando y tapándose la cara con las manos porque algunos representantes de países en desarrollo le acusaron de deslealtad. Solía decir “puedes llevar un caballo al agua, pero no puedes obligarle a beber. Llevo años trayendo 192 caballos al agua.” A pesar de todo, De Boer hará su duelo desde el confort de la Universidad y la consultora internacional KPMG.

Los buenos deseos de los políticos y los líderes de grandes ONGs carecen de fuerza propia. Lo intentan pero no estamos ante un problema de intentos, sino de fuerza y esta fuerza no surge de los viajes a las cumbres internacionales ni de las subvenciones. Está latente en la desesperación de los que padecen las crisis climáticas, alimentarias, humanitarias, ecológicas y sociales de una economía global basada en la competitividad y el beneficio privado.

La modernización productivista acaba con la vida campesina y las técnicas tradicionales, destruye recursos naturales y produce deforestación y contaminación de acuíferos, tierra y atmósfera. Con las comunidades rurales desarticuladas -en lugar de desarrolladas- por la modernización, desaparecen la agricultura campesina, la biodiversidad, la pesca, las plantas medicinales, el equilibrio territorial y la cohesión social.

El problema de la ecología, como el de tantos movimientos sociales, es su metamorfosis en burocracias representantes de una sociedad civil desmovilizada y víctima de sus propios deseos consumistas. En este contexto de hegemonía del libre mercado, es imposible aspirar a algo más que participar del poder estatal o, al menos, gozar de su protección económica siempre que no se desborde el papel de leal oposición democrática.

El problema del poder, como capacidad de influir en el desarrollo de las relaciones sociales, nos interpela. Frente a las fantasías de “la toma del poder para hacer la revolución” o “el cambio de la sociedad sin tomar el poder” se nos muestra una evidencia radical: bajo la máscara de la democracia, el mundo enteramente capitalista resplandece de una triunfal calamidad.

G. N.