El fracking en el marco de la crisis energética mundial

La Ruina montium, derrumbe de los montes o “cor­ta minado”, técnica inventada por los romanos hace más de 2.000 años, consiste en embalsar agua en lo alto de una montaña para que, acelerada por la grave­dad, irrumpa por los surcos creados al efecto y arran­que la tierra a fin de generar pasillos en el subsuelo y extraer minerales.

Como vestigio de esta anti­gua -pero avanzada técnica de ingeniería- tenemos en nuestro país el espacio de Las Médulas (León), cuyo paisaje ha quedado marcado a lo largo de los siglos por una singular geomorfología, fruto de los trabajos de extrac­ción de oro llevados a cabo por los romanos durante siglos.
Heredera de esta genialidad latina, la moderna técnica de fractura hidráulica o fracking se basa en perforar un pozo vertical y, a partir de él, extender una o varias ramas horizontales que penetran entre las láminas de pizarra. Gracias a la inyección de arena y agua a presión con un cóctel químico de elevado poder cancerígeno y mutagénico (benceno, tolueno, xileno, etc.), se fractura la roca haciendo accesible el gas de esquisto o “shale gas”.

George Mitchell, artífice y precursor de la fractura hidráulica, a finales de la década de los noventa consiguió optimizar la composición de los fluidos de inyección y llevar a cabo por primera vez perforaciones horizontales. A partir de aquí, se inició una verdadera revolución en el mercado de energía americano. Tanto es así que el gas de esquisto supo­ne en la actualidad un 20% del gas que consume EEUU, que se postula como ex­portador a medio plazo.

El pasado año, el gigante norteameri­cano se erigió como principal productor de gas y petróleo gracias a esta técnica, disminuyendo sensiblemente su depen­dencia energética de la exportación de combustibles fósiles de sus vecinos, Canadá y Méjico. EEUU ha pasado de extraer 11.000 m3 en el año 2000 a 136.000 m3 en 2010, previéndose que en 2035 este tipo de gas supondrá un 45% del total extraído en este país. Con toda probabilidad, en 2020 se habrá convertido en el líder mundial de extracción de crudo, consiguiendo una independencia energética total en 2037. Esta posición hegemónica le permite regular los precios mundiales de la energía.

Como se señalaba en el artículo “Frac­tura hidráulica (Fracking)” de la revista Tachai nº 43 (páginas 48 – 49), los impactos sociales, culturales y ambientales que esta técnica de extracción puede provocar son muy graves (empleo de gran can­tidad de agua; dificultad de gestión del agua residual de retorno; contaminación del suelo, el agua y la atmósfera; impactos sobre el paisaje; micro seísmos; generación de refugiados ambientales; etc.). Sin embargo, llevar la discusión del fracking exclusivamente al terreno ambiental resulta muy conveniente para la industria, pues permite reducir el pro­blema a un campo en el que la retórica habitual (en esencia, creación de puestos de trabajo y reactivación de la económica) se sabe exitosa. En este artículo abor­damos el problema circunscribiéndolo al papel que esta técnica desempeña dentro de la estrategia energética mundial y su escasa rentabilidad económica.
La rápida difusión del hydrofracking y la importancia que ha cobrado en EEUU desde hace más de una década hay que atribuirla a la crisis energética mundial.

Los expertos prevén que en 2040 se habrán agotado las reservas de uranio y, en menos de una década, habremos consumido la totalidad del petróleo del subsuelo. Ante el ocaso de los combustibles fósiles y radiactivos, el mundo occidental se apresta a una alocada carrera de ex­plotación de recursos de baja calidad y escaso rendimiento que, hace décadas, ni siquiera se tomaban en consideración.
Según algunos expertos, la fractura hidráulica, a pesar de su sorprendente auge en la última década, tiene esca­sa rentabilidad y el colchón que supone para el abastecimiento de crudo desapa­recerá en pocos meses.

Las lutitas bituminosas, material del que se extrae el gas de esquisto, son conocidas desde hace milenios. Sus recursos a escala planetaria fueron evaluados hace décadas y son gigantescos, encon­trándose más de la mitad de ellos en los EE.UU. Sin embargo, recursos no son reservas: recurso es lo que hay, mientras que reserva es lo que se puede explotar. Para medir la viabilidad de una explotación se emplea la Tasa de Retorno Energético (TRE), que relaciona la can­tidad de energía total que es capaz de producir una fuente determinada, con la cantidad de energía que es necesario aportar para extraer ese recurso. Cuando la TRE es superior a 10, se considera que una explotación es rentable econó­micamente. ¡Y el gas de esquisto tiene una TRE de entre 2 y 4!

A esta circunstancia hay que añadir que la productividad de estos pozos es muy baja, unas 200 veces inferior a la de un pozo convencional. Además, la producción decae muy deprisa, durante el primer año produce el 80% de todo el gas de su vida útil.
A pesar de que el potencial real de las reservas de gas de esquisto equivale como mucho a unos pocos años de consumo anual, la marca “shale” vende so­bre la máxima de la independencia ener­gética.
La explotación de petróleo ha ido siempre de la mano de la especulación financiera. El control de los yacimien­tos de petróleo orienta la política exterior de las grandes potencias, que buscan mediante el acaparamiento de las reservas petroleras frenar el auge de los países emergentes. Buena prueba de ello son las guerras provocadas en Irak, Libia y Sudán o el bloqueo co­mercial a Irán, países abastecedores de hidrocarburos a China y países del sudeste asiático.

Esta estrategia busca aplastar la com­petencia en el mercado energético inter­nacional mediante guerras que, de paso, reactivan la industria armamentística. La restricción en la producción de estos países promueve una subida del precio del barril de crudo, generando cuantiosos beneficios a las compañías norteamericanas.  El control del mercado mundial de la energía está en manos del cartel petrolero anglo-estadounidense, conformado por los cuatro grandes: Exxon Mo­bil, Chevron, BP y Shell.
Esta estrategia energética mundial, liderada por EEUU, perpetúa un modelo basado en la explotación de combusti­bles fósiles, pasando por alto los acuer­dos internacionales en materia de cam­bio climático. No debemos olvidar que este país se negó a firmar los acuerdos de Kioto.

Araceli Borbolla

Referencias

http://basemtajeldine.blogspot.com.es/

http://crashoil.blogspot.com.es/

http://aucaencayohueso.wordpress.com/

http://www.rebelion.org/  http://actualidad.rt.com/ .

http://www.kaosenlared.net/  http://www.insurgente.org/

http://www.cubadebate.cu/