¿Nucleares? No, Gracias. (I)

GERARDO DÍAZ FERRÁN (CEOE): “Sólo la nuclear permite a la industria visualizar un horizonte temporal de precios previsibles, necesarios para industria básica”.

CÁNDIDO MÉNDEZ (UGT): Abogó por “reencontrar el papel de la energía nuclear”. “Habría que discutir sobre la revisión de la moratoria nuclear y la modernización de las instalaciones”, apuntó. Instó a no ser “hipócritas” ya que, el refuerzo de la interconexión con Francia, al fin y al cabo, proporcionará a España energía eléctrica de origen atómico. “Es cierto que los incidentes técnicos recientes” como los de Ascó y Vandellós “no facilitarán las cosas”.

JOSÉ Mª FIDALGO (CCOO): “Es ilógico e inexplicable que los temas energéticos no se consideren temas de primera magnitud, y sí otros que se quedan pequeños a su lado, como la financiación autonómica o el modelo de Estado”. Hay que “cambiar la opinión pública”, desfavorable a la nuclear. “La opinión pública no surge de abajo; se cambia desde arriba”, dijo. De lo contrario, España corre “un riesgo serio” y no podrá hecer frente a su necesidad de “desendeudarse”.

No, gracias.

Porque…

Es la energía más sucia, generando inevitablemente residuos radiactivos que seguirán siendo peligrosos durante decenas de miles de años siendo incapaz la industria de encontrar una solución técnica satisfactoria para resolver este problema.

– En su funcionamiento rutinario las centrales nucleares emiten radiactividad al aire y a los ríos, embalses o mares de los que dependen para su refrigeración. Aunque fueran dosis bajas de radiación, sus efectos son acumulativos y también provocan diferentes daños a la salud. Diversos estudios epidemiológicos han demostrado la relación entre las emisiones radiactivas procedentes de instalaciones del ciclo nuclear con la aparición de cáncer y otras enfermedades entre las personas expuestas y por supuesto entre los trabajadores.

Es la energía más cara. Construir una central nuclear de 1.000 MW cuesta entre 3.000 y 4.000 millones de euros. La energía nuclear sólo ha sido capaz de sobrevivir en los países donde ha contado con fuertes ayudas económicas estatales (directas o indirectas, vía el recibo de la luz). Es el caso de España y, aún más, de Francia, cuya apuesta por la energía nuclear se debe a su programa de armas atómicas. Un ejemplo: el coste estimado por el Gobierno para gestionar los residuos radiactivos en España es de más de 13.000 millones de euros que pagan los ciudadanos. Mientras funcionan las centrales, las compañías eléctricas propietarias se lucran con su funcionamiento, pero una vez decidido su cierre es el Estado y por tanto todos nosotros los que costeamos su gestión.