La ruleta rusa de la energía nuclear II

Las fugas radioactivas que vienen sucediéndose en el complejo nuclear de Fukushima Daiichi, Japón, tras el terremoto-maremoto del pasado 11 de Marzo, están suponiendo, además de una terrible tragedia, un punto de inflexión en la polémica reabierta hace unos años sobre la energía atómica. El lobby pronuclear se ha enfrascado en una suerte de guerra mediática preventiva para evitar que el pánico social generado se transforme en alguna clase de freno político a su programa de renacimiento nuclear.

Aunque el auténtico debate es otro, juguemos a su juego y aterricemos en los datos, porque esta defensa de lo nuclear se está basando en las más burdas mentiras. El verdadero 20% del aporte nuclear es en el conjunto de la energía eléctrica, que no alcanza a su vez el 20% de la energía primaria. Las matemáticas más simples nos indican que, por tanto, el auténtico peso de la energía nuclear en el mix global de nuestras necesidades energéticas debe estar en torno a un 6%. Concretamente, en el año 2000, la energía de fisión nuclear apenas aportaba el 6,8% de la energía primaria del mundo, toda ella en forma de energía eléctrica, a través del funcionamiento de 440 centrales nucleares por todo el globo.

Al actual nivel de consumo, las reservas de uranio probadas se agotarán en 64 años (Coderch, 2004). Si quisiéramos convertir a la energía nuclear en una alternativa real, hay que tener en cuenta que el tiempo medio de construcción de una central nuclear está entre 10 y 15 años, que para cubrir un 80% de nuestras necesidades primarias de energía hacen falta unas 7.200 nuevas centrales nucleares por todo el mundo y que esta faraónica empresa a precios de principios del siglo XXI supondría una inversión de 20 billones de dólares (aproximadamente el doble del PIB de EE.UU) (Coderch, 2004). Y esto sin contar con la inmensa reconversión industrial que implicaría electrificar todo lo que hoy funciona con motores de explosión. Si resultan irrisorios estos propósitos, imaginad lo rápido que se agotaría el uranio con 7.200 nuevas centrales funcionando.

Del mismo modo, la energía nuclear nunca ha sido competitiva ni barata. No hay que olvidar que nos encontramos ante un sector fuertemente protegido y subvencionado políticamente, que externaliza además costes medioambientales y sociales incalculables. ¿Quién responderá económicamente ante el accidente de Fukushima, Tokyo Electric Power, la empresa operadora de la central, o el pueblo japonés? Como defiende Marcel Coderch, es ingenuo pensar que la moratoria nuclear de las últimas décadas ha sido fruto de la presión popular tras los accidentes de Three Mille Island y Chernobil. Aún influyendo, el factor central del parón nuclear hay que buscarlo en su demostrada ineficiencia económica, que se manifestó con el alza de los precios del petróleo tras el embargo de la OPEP del 73 (pues aunque a sus defensores les cueste imaginarlo, la energía nuclear es profundamente dependiente del petróleo, en la fabricación de las centrales, en el transporte de los materiales y muy especialmente en la extracción del uranio).

Y para los que aún se escudan en un provincianismo ridículo (como si las nubes radioactivas supieran de fronteras) y argumentan que España no tiene la actividad sísmica de Japón, un recuerdo incómodo. En el año 1755, Lisboa, y con ella una buena parte de la Península Ibérica, fue sacudida por un terremoto de escala 9 seguido por un fuerte tsunami, similar al acontecido en Japón. Este suceso, lejos de ser una rareza, es parte de una serie de movimientos sísmicos que tienen lugar frente al Cabo de San Vicente aproximadamente cada 250 años. Echen cuentas.

A pesar de lo claro y contundente de los datos que han sido expuestos, nuestra rabia, nuestra indignidad y nuestra razón van mucho más lejos. Como dicen los Amigos de Ludd, ninguna reflexión técnica sobre la producción de energía debe realizarse sin analizar antes a que fines sirve el consumo energético: “que se sitúe en el centro la cuestión más importante: a donde nos lleva el cumplimientos de cierta necesidad –transporte, climatización, transformación industrial, etc.- y donde queda la oportunidad para el escrutinio de cómo queremos y de cómo podemos vivir”. La energía nuclear implica una suerte de “pacto faústico”, un desafío inédito de la sociedad respecto al tiempo y a sus propias instituciones, pues la vigencia radioactiva de los residuos nucleares, y por tanto el compromiso social de su administración y vigilancia (con todas sus hipotecas técnicas), alcanza las decenas de miles de años, mientras que apenas ninguna sociedad en la historia humana ha demostrado periodos de estabilidad política y seguridad institucional consolidada de más de un siglo.

Y es que más allá de cualquier posibilidad técnica, no queremos vivir obligados a gestionar “ese pequeño pedazo de infierno” que es, en palabras de Junk, el residuo nuclear. No queremos vivir sometidos al centralismo tecnocrático y autoritario que impone la energía nuclear, irreconciliable con la más mínima idea de democracia. No queremos vivir rodeados por verdaderas armas de destrucción masiva que detonarán en cualquier guerra, disturbio, incidente técnico, fallo eléctrico o inclemencia natural que las afecte, desde una tormenta solar a un atentado, desde una depresión económica a un seísmo. En definitiva, rechazamos la energía nuclear porque no tiene sentido vivir jugando a la ruleta rusa con una pistola energética que, más tarde o más temprano, nos va a disparar y herir de muerte. Y no sólo a nosotros, sino al conjunto de generaciones humanas durante miles de años.

¿Alternativas? La única alternativa real, no es técnica, sino política. La reducción del disparatado consumo energético moderno mediante el freno al crecimiento y la abolición de un sistema económico que lo exige estructuralmente. Dicho en palabras hermosas de otras épocas, mediante la revolución social. Que una idea así vuelva a calar en la mente, los corazones y las prácticas cotidianas está en el principio de la inmensidad de nuestras tareas.

Para ver la versión completa de este artículo:  La ruleta rusa de la energía nuclear