Las plantaciones de eucalipto y palma aceitera no son bosques

Para la FAO (Agencia de la ONU para la Alimentación y la Agricultura) un bosque es aquella tierra cuyos árboles ocupan más del 10% de la superficie, con una altura de al menos 5 metros. Según el Movimiento por los Bosques Tropicales (World Rainforest Movement) un bosque natural biológicamente diverso no puede ser equiparado a un monocultivo de árboles exóticos.

Si llamamos “bosque” a las plantaciones industriales de eucalipto o palma aceitera que destruyen millones de hectáreas de selva, parece que no se pierde nada. Sin embargo, mientras los bosques naturales proporcionan alimentos y hábitat para incontables especies de flora y fauna, las plantaciones industriales carecen de biodiversidad. Mientras que los bosques regulan el ciclo hidrológico, las plantaciones agotan recursos hídricos. Mientras las plantaciones esquilman los nutrientes del suelo, los bosques los reciclan constantemente. Los bosques proveen de medios de vida y las plantaciones destruyen los recursos de las comunidades locales.

La Comisión Europea clasifica las plantaciones de palma aceitera para agrocombustibles como “bosques”. Esto significa que la transformación de un bosque en una plantación de palma aceitera no constituye una infracción medioambiental. La Directiva de la UE sobre Energías Renovables, obliga a los estados miembros a obtener el 10% de los combustibles para el transporte de fuentes renovables. Pero en Europa no hay superficies suficientes y se importan agrocombustibles de África, Asia y América Latina. Por eso, las plantaciones se expanden en la selva. Millones de hectáreas de tierras agrícolas y bosques se destinan a producir agrocombustibles para exportar, sin que nadie se preocupe de los impactos de la producción de alimentos en esos países o sus efectos sobre el medio ambiente. Definir dichas plantaciones como “bosques” contribuye a maquillar de verde sus impactos ambientales y sociales.

En África es difícil tener cifras precisas del área ocupada por las plantaciones industriales, pues la palma es nativa del África Occidental. La producción de Nigeria sale de tres millones de hectáreas de palma aceitera, de las que 360.000 son de plantaciones industriales. Otros países poseen amplias áreas de palma aceitera, como Guinea (310.000 has.) y RD del Congo (220.000 has.), con importantes áreas en Costa de Marfil (190.000 has.), Ghana (125.000 has.), Camerún (80.000 has.), Sierra Leona (29.000 has.) y áreas más pequeñas en Benín, Burundi, República Centroafricana, República de Congo, Gabón, Gambia, Guinea Bissau, Guinea Ecuatorial, Liberia, Senegal, Tanzania, Togo y Uganda.

Los conflictos por las plantaciones de palma aumentan. Las grandes empresas expropian ilegalmente a los agricultores y contratan vigilancia privada para imponer esta situación de hecho, produciendo la pérdida de la soberanía alimentaria en zonas rurales y el desplazamiento de mucha población campesina. Según el Fórum Permanente de Asuntos Indígenas de las NNUU, 60 millones de indígenas pueden perder sus tierras y medios de subsistencia por las plantaciones de agrocombustibles.

La destrucción de tierras indígenas y bosques tropicales para plantaciones de palma ocasiona costes incalculables a las poblaciones locales. Antes obtenían de sus tierras lo necesario para vivir; ahora ni siquiera tienen agua limpia porque está contaminada por fertilizantes químicos y sedimentos de la erosión. Como señala Vía Campesina: “no es cierto que las transnacionales emplean a tanta gente, en una plantación de palma de aceite que emplean 100 personas, si esa superficie estuviera en manos de la agricultura familiar de pequeña escala, vivirían mil familias”.

Al definir como “bosque” el monocultivo industrial de una especia exótica, los países que producen aceite de palma obtienen incentivos financieros de la Convención Marco de la ONU sobre el Cambio Climático al sustituir sus bosques tropicales por plantaciones de palma.

Cuando vayamos a repostar pensemos de dónde proviene el combustible que ponemos en el depósito, por muy renovable que nos digan que sea.

María Encarnación Castillo Simón
Comité de Solidaridad con África Negra de Pamplona.

Fuente: “A Fondo. Información Alternativa de África Central”. Nº 4 2010. Grupo Munzihirwa