Lo barato es caro: Costes ocultos de la comida industrial globalizada

¿Son más caros los alimentos agroecológicos? 

El precio de los alimentos industriales convencionales parece bajo porque externaliza multitud de costes medioambientales (contaminación, transporte, alto consumo energético, etc), sanitarios (enfermedades en trabajador@s y consumidor@s) y sociales (ruina y emigración forzosa de millones de pequeñ@s productor@s, hacinamiento urbano, exclusión, etc.). Si los poderes públicos obligaran a las multinacionales alimentarias a asumir estos costes, el precio de un tomate o un yogur globalizados se multiplicaría por 20. Un precio justo debe remunerar el trabajo, amortizar la inversión y mantener la actividad campesina y la población rural. Por el contrario, el precio del alimento comprado directamente al agricultor ecológico está (o debe estar) al margen de las fluctuaciones del mercado, no tiene costes ocultos, previene de múltiples enfermedades y produce, al consumirlo, un goce sensorial y moral. Por eso, los alimentos agroecológicos siempre son más baratos que los de la agricultura convencional industrializada.

La destrucción del campesinado

Desde tiempos inmemoriales el campesinado conoce las especies vegetales y animales mejor adaptadas a cada territorio, la lucha biológica contra las plagas y las técnicas de cultivo respetuosas con los ciclos naturales y la fertilidad de la tierra. Pero este sector de la población es una “especie a extinguir” a manos de grandes empresas agrarias cuyo producto principal no son los alimentos sino el beneficio económico. El desembarco del gran capital en la producción y distribución de alimentos arruina la pequeña y mediana explotación agropecuaria y el pequeño comercio. La eficiencia alimentaria en términos sociales y ecológicos es incapaz de competir en términos puramente económicos con la reducción de costes asociada a la producción y distribución de alimentos a gran escala. Los costes económicos de la pequeña producción de alimentos frescos son muy superiores a los costes de los alimentos industrializados y procesados. No digamos el precio del transporte a larga distancia y con pocos kilos. La mayoría de los pequeños y medianos campesinos no pueden sobreponerse a la competencia de las grandes empresas alimentarias globalizadas. Este es el origen de los grandes movimientos migratorios del campo a las ciudades. Las multinacionales agroalimentarias arruinan cada año a millones de campesinos que se ven obligados a abandonar la tierra de sus antepasados y entregarse a un porvenir de inseguridad y explotación.

Crisis de los cuidados e inseguridad alimentaria

La irrupción de la mujer en el mercado de trabajo basura, como forma envenenada de liberación, junto al descompromiso de los hombres respecto a los cuidados, la prolongación de la jornada laboral y el pluriempleo, están en la base de la crisis de los cuidados. Una dimensión de esta crisis es la dificultad para procurarse una alimentación saludable. En los países desarrollados, la comida industrializada y globalizada aparece como una solución a este problema. Detrás de esta solución están las multinacionales ganando dinero con la  degradación de las condiciones de vida de la gente trabajadora. Las campañas de adoctrinamiento publicitario y los científicos y periodistas jornaleros obligan a la gente a elegir la  dieta industrializada “moderna” frente a los hábitos alimentarios “arcaicos”. La maquinaria globalizadora precariza el empleo, produce paro, pobreza y exclusión, destruye derechos sociales, privatiza la protección del estado, ataca la salud alimentaria y la salud laboral. Engaña a la población con información alimentaria falsa y contamina a l@s niñ@s con deseos irracionales inculcándoles hábitos alimentarios enfermantes.

La incultura alimentaria

La sustitución de los campesinos por grandes empresarios agrícolas y ganaderos dificulta el acceso de la población a alimentos frescos, sanos y nutritivos, cultivados a favor y no en contra de la naturaleza. Una gran parte de la población mundial carece de recursos económicos para procurarse una dieta saludable. Sin embargo, muchos de los que disponen de dichos recursos, tampoco lo hacen porque no ven la necesidad de variar sus pautas de alimentación y consumo. Al carecer de cultura alimentaria y de conciencia sobre su responsabilidad como consumidor@s, no saben qué es una dieta saludable ni la desean, aunque la necesiten urgentemente. El factor común para el crecimiento de la comida basura y la obesidad en escenarios sociales y económicos muy diferentes es doble: la pobreza y la ignorancia.