Vida y vitalidad

La “vida” puede entenderse, no sólo como el princi­pio de todo lo viviente, sino también como lo que salva a lo viviente de la aniquilación y de la muerte. La naturale­za es animada, orgánica y viviente. La vida orgánica es una combinación de materia, energía y organización que marca el ciclo de nacimiento, crecimiento, reproducción y muerte de cada ser.

Según Aristóteles “la vida es aquello por lo cual un ser se nutre, crece y perece por sí mismo”. El alma es el principio del movimiento de cada ser viviente. Cada ser vivo tie­ne un alma: nutritiva (los vegetales), sensitiva (los animales) e intelectiva (los seres humanos).

El ser es anterior a la vida y la vida es anterior a la inteligencia. Lo que partici­pa de la inteligencia participa de la vida pero no a la inversa ya que hay cosas vivas que no tienen inteligencia. La vida, como modo humano de ser, consiste en vivir de acuerdo con las mejores costumbres y nor­mas de convivencia.

La vida es algo que oscila entre el alma y el cuerpo y hace posible el ámbito para la unidad de estos extremos. Para los griegos, sicología es el saber de lo que es forma y principio de realidad en los seres vivientes. La vida es vida del cuerpo (algo más síquico que lo puramente material) y vida del alma (algo más corporal que el puro espíritu).

Frente a la concepción espiritualista, Aristóteles concibe la vida desde un punto de vista orgánico y rechaza otras concep­ciones como el mentalismo de la “sustan­cia pensante” o el mecanicismo de la “sus­tancia extensa”. “Sustancia” es lo que está debajo de algo y le sirve como soporte de cualidades o accidentes.

La vida no es algo que se añade al cuerpo viviente, sino el poder que tiene el cuerpo viviente para hacer lo que hace: su función (trabajo), su operación (energía y poner en acción su poder) y su culminación (entelequia). La Entelequia expresa el más completo funcionamiento o culminación de una cosa que constituye su actualidad o acto. Alma es la entelequia primera de un cuerpo que tiene vida en potencia. El alma es la forma del cuerpo, el principio de la actividad, lo que le da al cuerpo su fuer­za viviente. Poder (dynamis) y operación (energeia) son conceptos polares, dos as­pectos inseparables de la misma realidad que ejecutan la actualización de la poten­cia en acto.

La vitalidad sería la calidad de tener vida y la actividad o eficacia de las fun­ciones vitales. También puede expresarse como el grado de energía solar que conser­va un organismo vivo aún después de de­jar de alimentarse y que se degrada con el paso del tiempo. El vitalismo es una teoría que parte de un principio -o fuerza vital- irreductible a los procesos fisicoquímicos.

El flujo de la vida en la tierra

Según Aldo Leopold, la tierra no es únicamente suelo, sino también una fuente de energía que fluye a través de un circuito de suelos, plantas y anímales. Las cadenas alimentarias son los canales vi­vos que conducen la energía hacia arriba. La muerte y la putrefacción la devuelven al suelo.

La velocidad del flujo ascendente de la energía depende de la compleja estructura de la comunidad de animales y plantas. Sin esta complejidad no es posible una circu­lación normal. La estructura implica una cantidad característica de las especies que la componen. Entre la estructura comple­ja de la tierra y su funcionamiento regular existe una relación de interdependencia.

Cuando se produce un cambio en una parte del circuito de suelos, plantas y ani­males, otras partes deben ajustarse a él. El cambio no obstruye o desvía necesaria­mente el flujo de energía. La evolución es una larga serie de cambios autoinducidos que han elaborado el mecanismo del flujo y alargado el circuito.

Los cambios evolutivos suelen ser lentos y locales. Sin embargo, el desarrollo tecno­lógico incontrolado ha propiciado cambios de una velocidad, violencia y alcance sin precedentes. Por primera vez en la histo­ria, las cadenas alimentarias se acortan en vez de alargarse. Especies domesticadas de otras tierras sustituyen a las salvajes. En la comunidad de faunas y floras, algunas es­pecies rebasan sus límites se convierten en plagas o enfermedades, mientras otras se extinguen. Estos efectos no deseados supo­nen reajustes impredecibles en las estructu­ras de animales y plantas.

La fertilidad es la capacidad del suelo para recibir, almacenar y soltar energía. Al extraer demasiados nutrientes del suelo o sustituir especies nativas por otras domes­ticadas, se alteran los canales de flujo (bio­cenosis), se agota la fertilidad de la tierra y se arrastra, por efecto del agua, la materia orgánica del suelo.

Las aguas, como el suelo, son parte del circuito de energía. La industria, al conta­minar las aguas o modificar sus flujos con embalses, puede eliminar las plantas y ani­males necesarios para mantener la energía en circulación.

Las plantas y los animales que se crían en una región, se consumen y retornan al suelo en otra. Fertilizamos el jardín con el nitrógeno que los pájaros productores de guano tomaron de los peces en los mares del otro lado del ecuador. Circuitos, antes bien localizados y autocontenidos, se en­tremezclan a escala mundial.

Se rompe el ciclo local de producción y consumo de alimentos donde el ganado se alimenta con leguminosas y forrajes lo­cales y, después, los excrementos de ani­males y personas y los restos de podas y cosechas fertilizan las tierras de cultivo. La humanidad se relaciona con la naturaleza a la que pertenece, mediante un metabo­lismo en el que se apropia y transforma, consume y desecha materia procedente del mundo natural.

En la modernidad capitalista, el meta­bolismo entre sociedad y naturaleza está determinado por la producción de mercan­cías rentables. Por eso, el trabajo, los cui­dados y la naturaleza están sujetos al ciclo de producción y reproducción del capital. Esta es la causa de una brecha metabólica entre campo/ciudad, producción/consumo y naturaleza/sociedad generada por la pro­ducción en masa para el mercado mundial, la enfermedad del transporte, la tecnolo­gía en manos de las multinacionales y la industrialización de los alimentos. El resul­tado es un atentado a la vida, la vitalidad y la fertilidad de la tierra.

La huella ecológica de la economía de mercado expresa la diferencia entre la esquilmación de los recursos natura­les de los ecosistemas y la capacidad de éstos para regenerarse. La
noción de brecha metabólica incorpora el modo de producción, distribución y consumo de la sociedad, sus instrumentos de poder y sus valores. No hay huella ecológica fuera de un contexto socioeconómico y político determinado.

Una sociedad sostenible, justa y se­gura, no surgirá ni del capitalismo ecoló­gico ni de un gobierno popular de ciuda­danos consumistas.