El mito de que la cocina gasta mucho tiempo

Somos primates, y como tales es imprescindible para nuestra supervivencia dedicar esfuerzo y tiempo a la procura del sustento para el grupo social de pertenencia. En el largo proceso de hominización, con el uso del lenguaje articulado para transmitir conocimiento y el dominio de la energía calorífica, la búsqueda y captura de sustancias alimenticias fue tornándose cada vez más exitosa dentro de la naturaleza de la que formamos parte. Gracias al conocimiento acumulado y transmitido acerca de las otras especies vivas llegamos a la domesticación de las semillas y algunos animales.

El gran hallazgo cultural de la agricultura y la ganadería nos proporcionó tal seguridad para cubrir nuestras necesidades nutricionales que la población humana creció considerablemente: tenemos la certeza de poder garantizar el alimento diario. Y así hasta ahora.

Desde la producción de alimentos agroecológicos hasta los insumos de la gran industria del desorden alimentario, precisamos de la agricultura y la ganadería para alimentarnos. En el primer caso obtenemos alimentos libres de químicos, respetuosos con el suelo y la naturaleza, en el segundo pseudo-alimentos con escasos nutrientes aprovechables, excesivos tóxicos y obtenidos por procedimientos destructores del suelo y la naturaleza.
Con la aplicación de los parámetros productivos industriales a la agricultura y ganadería aparece uno de los grandes mitos de la modernidad: el género humano ya no pasará jamás hambre. Y lo creemos a pies juntillas, por más que la terca realidad cotidiana nos demuestre lo contrario y para más inri padeciendo enfermedades directamente relacionadas con esta forma de comer y alimentarnos, que no nutrirnos.

Adoptando la forma de dioses celestiales que entregan el maná a unos seres vivos que han venido a este mundo a sufrir, el agronegocio instala sus puestos de comida rápida por doquier, también en nuestras cocinas.

Cuando los cubitos de caldo colonizaron las ollas de los soldados en la guerra, posteriormente lo hicieron en los hogares de prácticamente todo el Planeta. Con torticeras y alevosas maneras materializaron el mito del maná en forma de pastillas con un elevadísimo contenido en sodio y grasas, hipertensión y daños coronarios. EL anzuelo: ahorramos tiempo en la cocina. La trampa: podemos alimentarnos con pastillas.

A lo largo de todo el siglo XX y XXI hemos modificado, como nunca se ha dado en épocas anteriores, los procedimientos de elaboración y conservación de los alimentos. Disponer de frutas y verduras de temporada ha quedado reducido a una moda rara, atrasada, cosa de abuelas. Dedicar el tiempo necesario y placentero a cocinar es visto como un atraso, como una inutilidad porque si puedo comprar el plato ya hecho, dedico ese tiempo a otras “cosas importantes”.

Parafraseando al Principito de A. de Saint Exupery cuando un mercader le vendía pastillas para calmar la sed, digo que si yo tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, los empleo con gusto en la cocina.

Aquí unas cuantas sugerencias de comida rápida saludable (Boletín de La Garbancita nº 22, pág. 4)
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