Frutas y verduras. Política y salud

Frutas y verduras son necesarias porque aportan vitaminas, minerales, fibra y pequeñas cantidades de energía en forma de azúcares, pero también ayudan a nuestro organismo a defenderse de la enfermedad fortaleciendo el sistema inmunológico. Su consumo diario reduce el riesgo de obesidad, cardiopatías, diabetes y cáncer.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda una ingesta de 400 gr/persona/día de frutas y verduras. Patatas, legumbres, nueces o zumos se incluyen o no en esta categoría, lo que dificulta las comparaciones entre estudios. La OMS excluye patatas y legumbres. Los informes alimenticios de la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) excluyen patatas pero no legumbres y nueces. En los informes de la OMS, más de la mitad de países de la Región Europea (52 países) tienen un consumo de frutas y verduras inferior a 400 g al día y en un tercio de los mismos el consumo medio es inferior a 300 g por día.  La EFSA evalúa el consumo medio diario por persona y día en 220 gr de verduras y 166 gr de frutas (386 gr en total) en la Unión Europea (25 países). Sin embargo, el último estudio (Eufic 1/2012. Consumo de frutas y verduras en Europa) muestra que los niveles recomendables sólo se cumplen en Polonia, Alemania, Italia y Austria -4 de los 19 estados de la UE participantes en el estudio- y se añadirían Bélgica y Hungría si se tienen en cuentan los zumos de frutas y verduras.

El sur de Europa consume más frutas y verduras que el norte según la OMS y la EFSA, probablemente por tradición cultural y mayor disponibilidad. Sin embargo, resulta aventurado extrapolar estos datos a España. En los estudios realizados a población infantil europea, el consumo de frutas y verduras en España es, junto con Islandia, el más bajo de la UE y la tasa de obesidad infantil, de las más altas.

La Carta europea contra la obesidad (Estambul, 2006) corrobora que la prevalencia de esta enfermedad se ha triplicado en 20 años. El último estudio sobre hábitos alimentarios y salud en la UE (1997) aunque tiene ya 15 años, indicaba que el 8,3% de las enfermedades en los países miembros de la UE (entonces 15) se podría atribuir a una alimentación inadecuada y que un 3,5% de las enfermedades era causado por el déficit de frutas y verduras en la dieta. Según la OMS, un consumo insuficiente de estos alimentos causa un 14% de muertes por cáncer gastrointestinal, un 11% de muertes por cardiopatía isquémica y un 9% de muertes por derrame cerebral en todo el mundo.

El hecho de que más del 50% de la población europea no ingiera la cantidad necesaria de vegetales, apunta a un problema generalizado de enfermedades crónicas causadas por hábitos alimentarios enfermantes. El déficit de frutas y verduras se combina con exceso de carnes, grasas, azúcar, alimentos procesados y baja actividad física. Los estudios evalúan como factores influyentes en el escaso consumo de frutas y verduras: edad (adolescentes y jóvenes), sexo (varones), estado civil (solteros), estatus socioeconómico y nivel cultural (bajo). Sin embargo, no incluyen entre las causas la presión publicitaria a favor de alimentos procesados, chucherías, postres excesivamente azucarados y grasos, bollería industrial, aperitivos salados y bebidas carbonatadas. También obvian la carga de tóxicos contenida en las frutas y verduras industrializadas que coadyuvan a la enfermedad. Ambas omisiones impiden comprender por qué las enfermedades alimentarias proliferan entre una población cada vez más informada de las ventajas de la dieta saludable.

El negocio agroalimentario hace más por la enfermedad que por la salud alimentaria. El hambre en los países dependientes y las enfermedades alimentarias en los países ricos suponen una catástrofe que ha adquirido el carácter de natural. Las autoridades están más comprometidas con los intereses de la industria que con la salud pública.

Pero la responsabilidad también es nuestra. Nos cuesta abandonar hábitos arraigados que sabemos perjudiciales. Aunque no es imposible. Podemos adoptar cambios en nuestra dieta: añadir frutas y verduras ecológicas de temporada, a la vez que reducimos el consumo de bebidas carbonatadas, carne, aperitivos y tentempiés que no alimentan pero engordan. Cuando estos cambios se hacen colectivamente, fomentamos un movimiento social emancipador porque las formas de comer son tan políticas como las formas de trabajar.

Bibliografía:

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