Germinados

Hablamos mucho de alimentación consciente, pero ¿qué es la alimentación consciente? No sólo nos alimenta la comida sino toda la información que llega a nosotros, lo que sentimos, lo que oímos, lo que saboreamos, lo que vemos, todo lo que percibimos y somos capaces de captar, que es mucho más de lo que creemos.

Por lo tanto, elegir los productos que llegan a nuestra mesa y reducir el bom­bardeo de mensajes nocivos, el tiempo que pasamos ante el televisor, la carga de emociones y pensamientos negativos y las relaciones tóxicas, es imprescindi­ble para nutrirnos  y facilitar nuestra vida. Pero… ¿por dónde empezamos? Podemos empezar por elegir productos ecológicos y limpios para nuestra vida diaria y pode­mos empezar a germinar.

Ciclos, épocas, estaciones…todo está en un constante cambio en el universo, todo se reconstruye y se reinventa. Si es­tamos mal nutridos, nuestra percepción de la realidad va a evidenciar nuestras ca­rencias, si no queremos fluir con el cam­bio, si nos desequilibramos, el universo nos va a empujar para recuperar el equili­brio. Todo fluye en la naturaleza, nada se detiene, ni nadie tiene miedo al cambio. Esto podemos observarlo en plantas y se­millas, miremos una semilla germinar y veremos todos los procesos de la vida en ella. Podemos aprender a fluir, viéndola crecer; ella nos enseña. ¿Podemos empe­zar por germinar? Empecemos entonces:

¿Qué es germinar?

Germinar es pro­mover el proceso que convierte la semi­lla en una planta mediante agua, a una temperatura adecuada. Y, ¿qué ocurre cuando la semilla es activada? En pri­mer lugar, su volumen de agua aumen­ta, pasa en algunos casos de un 5% , en otros de un 12% hasta un 70% cuando está germinada. Los inhibidores (sus­tancias que se encargan de mantener la supervivencia de la semilla) se descom­ponen y eliminan, las proteínas se con­vierten en aminoácidos, el almidón se transforma en azúcares simples (malto­sa y dextrina), las grasas se convierten en ácidos grasos (mucho más saluda­bles), las sales minerales se multiplican, se sintetiza clorofila y todo el comple­jo vitamínico se reproduce en grandes cantidades, así como el de minerales y oligoelementos.

La germinación no acaba de ser inven­tada, hace más de 3000 años que en China y Japón se germinaban semillas. Griegos y romanos también utilizaban germina­dos para complementar su dieta y en do­cumentos encontrados a orillas del Mar Muerto, que datan de entre 250 años A.C. y 66 D.C., adjudicados a los Esenios, se habla de la germinación y su valor nutri­cional. Siglos más tarde, los colonizadores se valieron de la germinación, para evitar el escorbuto en sus barcos, ya que en esos viajes interminables, las frutas y verduras se estropeaban y la única manera de pro­porcionar a las tripulaciones vitamina C era germinando las semillas. Solían mez­clar avena germinada con agua caliente y miel. Más tarde, Ann Wigmore hizo mun­dialmente conocidos los germinados, al experimentar sobre sí misma el proceso de curación de una enfermedad terminal y acelerar la recuperación física tras un accidente. Ella comía grandes cantidades de semillas germinadas y bebía licuados en los que siempre utilizaba los brotes de trigo germinado. Hoy en día, los Hunzas, un pueblo del norte de Paquistán, famoso por su buena salud y longevidad, basan su dieta en los germinados. El germinado es, por tanto, una conocida fuente de salud desde hace miles de años.

Pero ¿por qué? ¿Qué efectos físicos tienen los germinados? Germinado sig­nifica activo, útil y nutritivo. Todas estas energías entran en nuestro organismo y en nuestra vida cuando los comemos, son además alimentos predigeridos, lo que supone una economía energética para el cuerpo. Debido a que tienen un alto con­tenido en enzimas, las sustancias activas llegan a aprovecharse en su totalidad, au­mentan las defensas naturales, ayudan a reducir el exceso de peso y por su altísimo contenido en clorofila, aumenta la respi­ración celular, el metabolismo celular se activa y se mejora la defensa, la resisten­cia y la capacidad regeneradora de la cé­lula. Los procesos de curación se activan, el organismo se desintoxica y al aportar vitaminas, minerales y oligoelementos, que son sustancias reguladoras, todas las reacciones químicas de nuestro cuerpo se facilitan y mejora la absorción de nutrien­tes. Además dan vigor, mejoran la vida se­xual y retrasan el envejecimiento.

Las propiedades de las semillas germi­nadas varían. En todas ellas la proporción de nutrientes es altísima y es aconsejable ir introduciéndolas poco a poco en nues­tra alimentación y nuestra dieta.

Todas las semillas se pueden germinar, pero en algunos casos, en el proceso de germinación se liberan sustancias tóxicas. Éste es el caso de las solanáceas: toma­te, berenjena, pimiento…Por tanto estas semillas no deben ser germinadas para nuestra alimentación directa.

Las legum­bres: lentejas, judías, habas… contienen sustancias conocidas como fasinas, que también pueden resultar tóxicas o indi­gestas para algunos organismos. Es acon­sejable escaldar estas semillas antes de co­merlas, dejándolas en agua a 50º durante 3 minutos. También podemos eliminar las fasinas en el proceso de deshidratación.

 

 

 

 

 

¿Cómo germinamos?

1. Lavamos las semillas y las desinfectamos con unas gotitas de limón, vinagre de manzana o bicarbonato.

2. Ponemos las semillas en un frasco de boca ancha.

3. Las cubrimos con agua.

4. Tapamos el bote con un tul y una goma.

5. Las mantenemos a oscuras, más o menos 8 horas.

6. Vaciamos el agua, filtrándolo por el tul.

7. Enjuagamos y remojamos las semillas.

8. Escurridas y secas las mantenemos en la oscuridad de cuatro días a una semana, dependiendo de la semilla. El bote ha de estar inclinado.

9. Se lavan las semillas y se limpian de los tegumentos que se han ido desprendiendo.

10. El último día sacamos la semillas a la luz para que se carguen de clorofila.

Si las semillas son mucilaginosas (lino, chía, rúcula…), es decir, si una vez activadas segregan una sustancia parecida a la clara de huevo (mucílago), la germinación es diferente, ya que no podemos escurrir el agua, las semillas no se quedan secas y se pudren. En su lugar podemos usar una gasa o tul sobre un recipiente con agua y pulverizarlas. También podemos poner las semillas sobre tierra o fibra de coco y pulverizar igualmente dos veces al día.

Una vez cosechadas las semillas, se pueden guardar en el frigorífico. Es importante que se guarden secas y limpias de tegu­mentos, para evitar así una posible descomposición.

Los brotes continúan creciendo en el frigorífico y mantienen sus propiedades durante una semana o incluso más.

Podemos comer las semillas germinadas en ensaladas, pizzas, pasta, salsas o tostadas, como decoración de platos, en arroz, mijo o trigo bulgur, en tartas sándwiches o licuados. Se pueden deshidratar para hacer harinas y con ellas pan esenio, galletas y crackers. Podemos hacer brotes y las podemos fermentar.

Las semillas germinadas constituyen una alimentación sana. Limpian, depuran y enjuagan el organismo. Nutren. Se digieren muy bien y son un alimento perfecto para paliar todas las deficiencias alimentarias. Son fáciles de preparar, no necesitan mucho espacio y son una forma deliciosa de introducir y fomentar el consumo de alimentos vivos en nuestra dieta.

Ya hemos dado el primer paso con el conocimiento. Iniciemos, por tanto, nuestro camino hacia una alimentación más cons­ciente comiendo germinados.

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