¿Es la carne un alimento natural?

Desde hace tiempo se advierte a los vegetarianos que no ingieren suficientes proteínas esenciales. Pero, co­mer demasiadas proteínas esté asociado a muchos más problemas de salud que comer muy pocas.

Se sabe que los 8 aminoácidos que forman estas pro­teínas se pueden encontrar en una simple comida a base de alubias. El arroz contiene los aminoácidos que faltan en las alubias y éstas a su vez, las que no tiene el arroz.

Los trastornos derivados del consu­mo excesivo de proteínas son: osteo­porosis, enfermedades del corazón, ar­tritis reumatoide y cáncer. Quienes no toman proteínas animales (carne, pes­cado, huevos y lácteos) presentan índi­ces muy bajos de estas enfermedades y no sufren deficiencia proteica, siempre que coman suficientes verduras, fru­tas, cereales, frutos secos y semillas. En nuestras sociedades modernas se consume un 50% más de proteínas que las realmente necesarias. Al llenar los tejidos conectivos de nuestro organis­mo con proteínas sin usar, convertimos nuestro cuerpo en un recipiente lleno de ácidos y residuos nocivos, un terreno abonado para la enfermedad, incluida la arteriosclerosis e infecciones bacte­rianas o víricas.

En la raíz del problema está la inca­pacidad del ser humano para descom­poner la proteína de la carne en ami­noácidos. Trozos de carne sin digerir penetran en el tracto intestinal arras­trando consigo a los parásitos. La ma­yoría de éstos (duelas o trematodos in­testinales) resisten el calor de la cocción y los ácidos del estómago. Los animales carnívoros acaban con estos parásitos mientras la carne pasa por su estómago porque éste produce 20 veces más ácido clorhídrico que el nuestro.

La función digestiva de los animales carnívoros se produce en el estómago y no en el intestino delgado. La carne permanece en su tracto intestinal, rela­tivamente corto, durante poco tiempo. Nuestro intestino delgado, que mide de 5 a 6 metros de longitud, procesa la ma­yoría de los alimentos naturales durante varias horas. La carne, en cambio, pue­de permanecer en el intestino delgado entre 20 y 40 horas, periodo en el que parte de ella se descompone. El proce­so de putrefacción da lugar a los vene­nos de la carne: cadaverina, putrescina, aminas y otras sustancias tóxicas. Estos venenos causan enfermedades en nues­tro organismo provocando congestión en el sistema linfático y acumulación de líquidos y grasa. Los restos de carne no digerida pueden permanecer en las pa­redes intestinales de los humanos  más de 20 años, lo que explica la frecuencia del cáncer de colon en los humanos car­nívoros, prácticamente inexistente en los vegetarianos y los animales carnívo­ros. El cáncer de colon es otro nombre del envenenamiento constante por car­ne putrefacta.

Los riñones también sufren debido a la sobrecarga de venenos cárnicos, so­bre todo deshechos nitrogenados. Los carnívoros moderados hacen trabajar a sus riñones 3 veces más que los vege­tarianos. Los jóvenes son más capaces de soportar este esfuerzo pero, con el paso de los años, el riesgo de insuficien­cia renal aumenta. Tras muchos años de consumo carnívoro, el cuerpo pue­de sucumbir a la marea de sustancias venenosas que emanan de la carne no digerida.

La putrefacción y el crecimiento bacteriano se ponen en marcha nada más ocurrir la muerte del animal (herbívoros, pollo y pescado). Cuando la carne lleva días o semanas muerta, la putrefacción y el crecimiento bacteriano han alcanzado una fase muy avanzada. El aparente efecto estimulante de la carne tiene que ver con que bacterias y enzimas de la putrefacción que actúan sobre la proteína muerta ingerida, ponen en pié de guerra el sistema inmunológico del cuerpo. Muchas personas enfermas agravarán su estado o morirán sólo porque se les da carne o pescado para comer, una carga imposible para el sistema digestivo tras una operación quirúrgica, un ataque cardíaco o el tratamiento de una enfermedad crónica. A menudo estreñidos, estos pacientes no sucumben, tanto por la enfermedad como por la carne podrida atascada en su aparato digestivo.

Los animales no carnívoros, incluido el ser humano, tienen intestinos largos diseñados para la digestión lenta de frutas y verduras ricas en nutrientes. Nuestra dentadura nos permite cortar frutas y verduras con los incisivos y tri­turar frutos secos, granos y semillas con los molares. Nuestros caninos, cortos y romos, no son eficaces para cortar y desgarrar carne, ni tampoco poseemos zarpas afiladas. La mano humana con el pulgar separado para hacer pinza, está preparada para recoger frutas y verdu­ras, no para matar presas.