La importancia de comer sin plaguicidas

Las frutas y hortalizas son ricas en hidratos de carbono, vitaminas, minerales, fibra y sustancias químicas vegetales que protegen la salud. Consumiendo 400 gramos diarios disminuye el riesgo de cáncer en hombres un 12% y en mujeres un 7%, según el Instituto para la Investigación del Cáncer, dependiente de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Sin embargo, estos alimentos vegetales que sólo debieran tener ventajas representan también un peligro cuando proceden de la agricultura convencional, debido al uso, casi siempre excesivo, de plaguicidas y abonos artificiales.

Los métodos agrícolas de explotación intensiva han contaminado suelos, aguas superficiales y acuíferos con elementos tóxicos que perjudican la flora y la fauna. Pero lo peor es que los residuos impregnan y se filtran en los alimentos.

Aunque siempre ha habido una minoría de agricultores y consumidores concienciados con el problema, durante décadas las autoridades sanitarias y la opinión pública lo han negado o no han querido verlo.

Sin embargo, actualmente la Comisión de la Unión Europea reconoce que la concentración habitualmente elevada de plaguicidas en alimentos comunes supone un riesgo cierto para la salud. Entre los ciudadanos también ha aumentado la información sobre el tema y en consecuencia cada día más personas se preguntan qué pueden hacer para evitar que los plaguicidas se introduzcan en su cuerpo.

Un arsenal contra la vida

Bajo el término plaguicida se engloban una serie de productos agrícolas diferentes: fungicidas, que se emplean contra los hongos; herbicidas, contra las plantas indeseadas en los cultivos o parásitas; insecticidas, contra las plagas de insectos que pudieran afectar la cosecha; y nematicidas, contra los gusanos.

El peligro más grande para el ser humano provienen de los fungicidas y de los insecticidas. Muchas de estas sustancias tienen efectos cancerígenos, alteran el equilibrio hormonal o perjudican al sistema inmunitario. No es extraño, puesto que están diseñadas para exterminar seres vivos.

Los principales afectados son los propios agricultores que los utilizan sobre el terreno. Entre ellos se producen la gran mayoría de casos de intoxicaciones agudas, que pueden resultar mortales. La OMS estima que el uso de plaguicidas provoca anualmente y en todo el mundo casi 30.000 muertos, la mayoría de ellos en las grandes plantaciones de los países pobres que sirven para alimentar a los países ricos.

Pero también los consumidores ingieren cantidades preocupantes de residuos. Los efectos de esta exposición diaria a dosis relativamente bajas de varios plaguicidas no han sido suficientemente estudiados pero todo indica que son más importantes de lo que se había pensado.

Sobrecarga de plaguicidas

La presencia de residuos de plaguicidas en los alimentos está sometida a control legal. Existen leyes españolas y directivas europeas que establecen los límites máximos tolerables para cada agente tóxico utilizado en la agricultura. El problema es que los controles son ocasionales y aun así se detectan continuamente transgresiones.

Según los datos de la Unión Europea, que ha organizado un sistema de vigilancia dentro de su política de seguridad alimentaria, la mitad de los alimentos en Europa contienen restos de plaguicidas y el 2,6% supera los niveles legales establecidos. España es el país donde más muestras superan los límites permitidos. Es un escándalo diario que no llama la atención de casi nadie.

En el 27,3% de las muestras tomadas en 2013 (los datos se han presentado en 2015) se encontraron residuos de varios plaguicidas. «En estos casos, los riesgos que conllevan no se suman, se multiplican», advierte Miguel Porta, investigador y catedrático del Instituto de Investigaciones Médicas del Hospital del Mar (IMIM) de Barcelona. «No me tranquiliza saber que el 45,4% de los alimentos contiene residuos de pesticidas», remata.

Según se desprende del informe europeo, uno de los pesticidas más frecuentes en los alimentos analizados ha sido el glifosato, un disruptor endocrino (causa infertilidad, malformaciones congénitas, diabetes…) y un posible cancerígeno, según acaba de dictaminar la OMS.

Importantes riesgos para la salud

Entre los científicos toxicólogos y médicos en general existen cada día más sospechas de que en realidad no existen valores límites para los residuos que resulten seguros para la salud. Es más, temen que la exposición diaria a un cóctel venenoso de varios plaguicidas puede causar múltiples trastornos en el organismo.

Toxicólogos como Hermann Kruse, de la Universidad de Kiel (Alemania), estiman que los valores límite son demasiado altos y que no tienen en cuenta los efectos hormonales, la afectación del sistema inmunitario o el efecto cruzado entre plaguicidas. Además se fijan para adultos sanos en general, sin considerar la especial sensibilidad de cada sexo, la de los niños, las embarazadas, los fetos, los ancianos o los enfermos.

Por otra parte, para los epidemiólogos resulta muy complejo confirmar científicamente los vínculos de causa y efecto entre los agentes tóxicos ambientales y alimentarios y las enfermedades de la población. Pero esto no quiere decir que no existan. Los efectos biológicos de los plaguicidas hacen pensar que están contribuyendo al incremento de la incidencia de problemas alérgicos y autoinmunes, infecciones, infertilidad, enfermedades de la piel, malformaciones de nacimiento, alteraciones neurológicas y endocrinas y cáncer.

Un problema especialmente preocupante es el de las sustancias que producen efectos hormonales. La relación entre sobrecarga de plaguicidas y alteraciones en la procreación está ampliamente demostrada en muchas especies animales. Tales hallazgos hacen entrever que estos agentes químicos también actúan sobre el sistema hormonal humano y que pueden minar la capacidad fértil. Análisis realizados en el Instituto Nacional de Ciencias de Salud Ambiental de los Estados Unidos hallaron concentraciones altas de plaguicidas en la orina de los hombres con bajas concentraciones espermáticas o con esperma de baja calidad (células deformadas o inmóviles).

Las sustancias con efecto hormonal suponen sobre todo un riesgo para los nonatos. Durante su desarrollo en el vientre materno, estas sustancias pueden, incluso en dosis pequeñísimas, provocar alteraciones en el desarrollo de los embriones y fetos. La Fundación Cáncer de Mama, también de los Estados Unidos, da por sentada la relación entre los residuos de plaguic
idas con efecto estrogénico –hormonal femenino– y el incremento de las tasas de cáncer de mama. Las mujeres con altas concentraciones en la sangre o en el tejido graso multiplican por dos sus probabilidades de contraer la enfermedad, según los datos de esta institución.

¿Cómo se puede evitar la sobrecarga?

La pura lógica indica que cuanto más a menudo se consuman alimentos cargados de residuos tóxicos más fácil es caer enfermo. Si se desea evitarlos conviene conocer los tres factores que resultan decisivos para que se produzca una sobrecarga de plaguicidas en las frutas y hortalizas: el método de cultivo, la temporada de recolección y el país de origen.

El problema de los plaguicidas concierne exclusivamente a los productos cultivados con métodos convencionales. El método ecológico prohíbe la aplicación de plaguicidas sintéticos y los análisis efectuados demuestran que sólo se han encontrado excepcionalmente, en dosis muy bajas, en muestras contaminadas por cultivos vecinos o durante el transporte. Por tanto, los productos vegetales, frescos o elaborados, con aval eclógico son seguros y recomendables.
La presencia de residuos en un mismo alimento varía considerablemente a lo largo del año: son menores en su temporada natural y mayores cuando su crecimiento ha sido acelerado, dentro o fuera de invernaderos. Por ejemplo, las fresas tempranas que se encuentran en los supermercados entre enero y mayo contienen por término medio más plaguicidas que las que se obtienen a partir de mayo. De ahí que sea aconsejable comprar el producto cuando sea su temporada.
España atesora resultados negativos en los análisis de los alimentos exportados a los países de la Unión Europea. Es lógico, puesto que es uno de los principales productores de frutas y hortalizas. Pero también es cierto que la falta de preocupación de las autoridades autonómicas y estatales e incluso de los ciudadanos (aquí no se hacen tantos análisis independientes como en otros países) han propiciado cierto descuido e impunidad. Como regla general, es más probable que en los alimentos frescos importados se hayan utilizado más productos químicos que en los producidos en el entorno cercano. Por lo tanto son preferibles los alimentos de la zona de residencia.

Diferencias por origen y producto

Según cuál sea su país de origen, los tomates, uvas o lechugas pueden estar más o menos sobrecargados de plaguicidas. En Europa existe una clara diferencia entre norte y sur, debida a los climas distintos –en las zonas cálidas las plagas son más frecuentes– y a la desigual conciencia sobre el problema. En los alimentos vegetales frescos de Turquía y Grecia hay, como término medio, 0,1 mg o más de residuos por kilo. Mucho menos contaminados están los productos de los Países Bajos y Austria con menos de 0,2 mcg por kilo. En medio de los dos extremos se encuentran países como Bélgica, Alemania, Francia, España e Italia. Por tanto a la hora de comprar vale la pena fijarse en los lugares de procedencia de la mercancía.

Por otra parte, determinadas frutas y verduras están más contaminadas con pesticidas que otras. Entre los más problemáticos se hallan las uvas, las nectarinas y las lechugas. Las zanahorias suelen estar bastante limpias.

Productos ecológicos, la mejor elección

La fruta y la verdura de cultivo ecológico no deben contener, por imperativo legal, ningún plaguicida. Lo corroboran varios análisis independientes realizados en los últimos años.

Los análisis realizados en personas confirman los resultados: estudios procedentes de los Estados Unidos demuestran que los niños que son alimentados con productos procedentes de la agricultura convencional tienen concentraciones de plaguicidas en la orina significativamente más elevadas que aquellos niños alimentados con productos ecológicos.

Los restos de plaguicidas son especialmente peligrosos para los bebés y los niños pequeños, ya que en proporción a su peso corporal toman entre tres y cuatro veces más alimento que los adultos. Además el organismo infantil es bastante más proclive a las alteraciones causadas por agentes tóxicos. Lo reconoce la ley porque se han fijado valores límites más estrictos para la comida infantil preparada (0,01 mg de residuos de plaguicidas por kilo; esta es la misma cantidad que se tolera para cada plaguicida en la comida “para adultos”).

Así, resulta que los padres que desean preparar ellos mismos las comidas del bebé con productos frescos no conseguirán resultados tan sanos –en cuanto a la presencia de plaguicidas– como quienes optan por lo “potitos”, a menos que recurran a los alimentos ecológicos. Los análisis de manzanas, peras y zanahorias, alimentos que se ofrecen frecuentemente a los bebés y niños pequeños, indican que sólo el 43% de las muestras procedentes de la agricultura convencional estaban “limpias”, por el 100% de los productos ecológicos.

Cómo evitar los residuos tóxicos

Existen tres recomendaciones básicas: preferir los productos ecológicos, los de temporada y los procedentes de cultivos locales. A éstos se pueden sumar otros consejos prácticos.

Lavar exhaustivamente bajo el grifo, con la ayuda de un cepillo, la fruta y la verdura de cultivo convencional. De esta manera se elimina sólo una parte de los plaguicidas, pero siempre es mejor que nada. Lavar también las frutas cítricas antes de pelarlas, y después de hacerlo lavarse las manos antes de comerlas para no ingerir restos de las ceras fungicidas que impregnan la cáscara.
Pelar los pepinos, las manzanas, las zanahorias y las patatas, aunque sea al precio de renunciar a una parte importante de sus vitaminas. De los tomates conviene eliminar el rabillo verde.

¿Lo “eco” es demasiado caro?

Optar por los alimentos de producción ecológica puede ser más sano, pero no es más barato. Al contrario, resulta más caro. Ante esta realidad, la primera reacción de muchas personas es que se trata de una injusticia. Pero lo cierto es que teniendo en cuenta que los métodos de producción, los canales de distribución y la demanda son diferentes, es normal que lo sean los precios.

El costo de los productos ecológicos se igualará al de los convencionales cuando se den las condiciones adecuadas (por ejemplo, cuando los productores ecológicos reciban las subvenciones que actualmente se llevan los agricultores convencionales sobreprotegidos). Por otra parte, hay que tener en cuenta que ciertos costos de la agricultura convencional se pagan indirectamente, como la depuración de las aguas contaminadas o la atención a los enfermos causados por los propios plaguicidas. Otras consecuencias de la agricultura intensiva, como la erosión de los suelos, la salinización, la erradicación y aniquilación de especies enteras de plantas y animales también debieran sumarse a los precios de frutas y hortalizas.