Consumo irresponsable y democracia del consumidor

Consumo irresponsable y democracia del consumidor

El consumismo o consumo irresponsable es la condición para la globalización económica. A su vez, la mercantilización individualizada y globalizada de los alimentos es la causa de las muertes y enfermedades originadas por el hambre y la comida basura. Para el consumo irresponsable, el control voluntario del consumo superfluo aparece como algo arcaico y miserable. El consumismo es resultado de una continua violencia simbólica sobre las personas. La publicidad desvía nuestras necesidades insatisfechas asociando su satisfacción a la compra de determinadas mercancías. Con una colonia consigues ligar mejor. Un coche te convierte en triunfador. Marcándote con colonia o ropa de marca -como si fueras una res- demuestras que eres alguien. Tras la apariencia de “libre elección” de los deseos de las personas son, realmente, producidos por un adoctrinamiento de masas.

Las imágenes televisivas se suceden a una velocidad incompatible con el pensamiento racional. El mensaje publicitario impide el razonamiento sobre el que se sustenta la libertad de elección. El “consumidor libre” resulta ser una persona coaccionada y programada. Los poderes públicos toleran que la publicidad inserte un consumismo compulsivo en las personas desde su más tierna infancia. Estos comportamientos autoritarios se perpetran, cada día, en nombre de la libertad de mercado.

La figura del consumidor es un elemento central de las sociedades de mercado. Representa la complicidad entre los de arriba y los de abajo, entre explotadores y explotados. Esta figura se sustenta en un individuo deseante e infantilizado que basa su bienestar en la posesión de objetos. Esta confusión le convierte en un fracasado, porque el bienestar no depende de tener objetos, sino del respeto y la cooperación entre las personas. El consumidor irracional, espoleado por sus fracasos, salta de un objeto de deseo a otro en una constante huida de su propia inseguridad.

El paradigma neoliberal de “la democracia del consumidor” afirma: “La decisión del consumidor es capaz de premiar a las empresas eficientes y castigar a las que no lo son”. “Los consumidores nos votan cada día comprándonos”. Nada más alejado de la realidad. La eficiencia social y medioambiental es incompatible con la eficiencia económica que persiguen las multinacionales. Sin enfrentarse con ellas y con sus valedores, impidiendo sus desmanes, solo tenemos buenas intenciones y “retórica verde”. La alusión al “poder de los consumidores” es un halago al narcisismo de consumidores enajenados. Halagar al enajenado contribuye a profundizar su enajenación.