Agricultor@s y consumidor@s ecológic@s frente al hambre y la comida basura

Uno de los Objetivos del Milenio fijados por la ONU para 2015 era reducir a la mitad los 1.000 millones de hambrientos que había en 1990. Ha fracasado. Casi 900 millones de personas sufren el castigo del hambre y la desnutrición, al tiempo que aumenta la inseguridad alimentaria ligada al desarrollo capitalista. La enorme producción de comida basura industrializada, mercantilizada y globalizada causa hoy más muertes y enfermedades que el hambre.

Nunca ha habido tanta información, políticas contra el hambre y controles y, al tiempo, nunca ha habido tanta inseguridad alimentaria. Esta es la paradoja producto del nuevo (des)orden alimentario internacional. La globalización alimentaria, basada en la gran producción industrial y el libre comercio de alimentos, produce hambre en los países pobres, enfermedades alimentarias en los países ricos y pandemias de virus mutantes cuyo origen es la utilización de los animales como fábricas de carne, huevos y leche.

La impunidad de las multinacionales y la impotencia de sus víctimas no son hechos naturales. En los países desarrollados, los problemas alimentarios no están ligados a la escasez de alimentos sino a su exceso y nocividad. Los intereses de las grandes empresas agroalimentarias han forzado un cambio en los hábitos alimentarios que cada vez se alejan más de las necesidades nutricionales de las personas y de las tradiciones de los pueblos.

En el estado español, a partir de 1960, la “modernización” de la economía modificó nuestras pautas de consumo. El tránsito entre el hambre y la escasez de la postguerra civil (1939 – 1960) y su posterior “satisfacción” por una comida abundante e industrializada, se inscribe en un proceso de cambios: a) Apertura de la agricultura española a la “economía mundo” de la mano de EEUU y “la revolución verde”; b) Sustitución del campesino por el empresario agrícola, cuyo producto por excelencia ya no son alimentos saludables, sino mercancías alimentarias rentables; c) Vaciamiento del campo y urbanización patológica con la aparición de problemas insolubles en el orden territorial, demográfico, ecológico y social; d) Implantación del consumismo de masas por la industrialización de la agricultura, la reducción del precio de los alimentos y el aumento de los salarios reales; e) compromiso del Estado –tanto el franquista como la monarquía parlamentaria que le sucedió- con la dinámica mercantil e industrial de las instituciones internacionales (FAO, UE, OMC).

Cualquier medida que no aborde la crítica de la mercantilización y la industrialización de los alimentos, es pura retórica. Las reclamaciones ecológicas y alimentarias dominantes son remiendos de “final de cañería” porque obvian el modelo de acumulación del capital que condiciona la producción, distribución y consumo de alimentos. El respeto a los derechos humanos y los límites de la naturaleza exige privar a las multinacionales de su libertad para atentar contra la soberanía alimentaria de los pueblos.

No se pueden acometer cambios en la producción de alimentos sin cambiar nuestro consumo. Viceversa, no se pueden cambiar los hábitos alimentarios de la sociedad sin que l@s agricultor@s dejen de producir mercancías alimentarias para producir alimentos ecológicos. Estos cambios solo pueden surgir de la organización de l@s consumidor@s agroecológic@s en una Responsabilidad Compartida con l@s agricultor@s.

Consejo Rector de La Garbancita Ecológica

¡Por la seguridad alimentaria y la nutrición ecológica!
16 DE OCTUBRE, DÍA MUNDIAL DE LA ALIMENTACIÓN ECOLÓGICA, 9ª entrega.
Sigue la campaña completa en: Nueva Campaña.