Crónicas del hambre

A pesar de que la capacidad de producción alimentaria permite dar de comer a 12.000 millones de personas, según la FAO, a finales de los años 90 había 840 millones de hambrientos (799 millones en países en desarrollo, 30 millones en países en transición y 11 millones en países desarrollados).

La ONU, en su cumbre del año 2000, formuló ocho objetivos de Desarrollo del Mileno. El primero de ellos era erradicar la pobreza extrema y el hambre. Quince años después, el avance es escaso y contradictorio. Hemos pasado de un 24% de desnutridos en 1990 a un 15% en 2012. Pero estas cifras ocultan muchas cosas: a) una  desigualdad extrema según países y regiones; b) la impunidad de los especuladores en los mercados alimentarios internacionales; c) el acaparamiento masivo de tierras fértiles en África y Asia por multinacionales o países ricos; d) el destino de grandes extensiones agrícolas para producir agrocombustibles y e) 17 años después de la derrota del Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI), la amenaza de un nuevo Acuerdo de Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión (TTIP) entre EEUU y la Unión Europea.

En un mundo que dispone de comida para tod@s, cada día mueren 25.000 personas por enfermedades relacionadas con la desnutrición. El hambre es el mayor fracaso de la humanidad que parece no tener la capacidad de influir en los mecanismos que lo producen. Sin embargo, esos mecanismos son transparentes para quienes quieran verlo.

Tras el “pucherazo” de la burbuja financiero-inmobiliaria de EEUU en 2007-2008, masas grandes y libres de capitales buscaron inversiones rentables en las que refugiarse. Encontraron una en la Bolsa de Chicago, principal mercado internacional de materias primas alimentarias (commodities). En 2003, las inversiones en este mercado fueron de 17.000 millones de dólares. En 2008 ascendieron a 300.000 millones de dólares, quince veces más del volumen total de operaciones anuales en el mercado agrícola mundial. En el mercado de Chicago, hoy se negocian operaciones derivadas de trigo por un valor cincuenta veces superior a la producción anual de este cereal.

La especulación incontrolada genera una inflación de precios que convierte el trigo (o el maíz o la soja) en alimentos inalcanzables para millones de familias que dedican a la alimentación el 80 % de su renta. El libre comercio global de alimentos es la mayor maquinaria de producción de hambre de la historia.

El hambre está asociado a la pobreza extrema y ésta a la riqueza extrema. La Economía de Mercado Global es la mayor productora de riqueza -y de pobreza- de la historia de la humanidad. En el caso de la alimentación, los daños del (des)orden alimentario internacional no se reducen a las muertes por desnutrición. Con el “progreso” avanza la destrucción de las pautas alimentarias y las redes tradicionales de producción y distribución de alimentos. La dieta mediterránea es desplazada por una alimentación industrializada, desvitalizada y tóxica cuyo resultado es el aumento de enfermedades alimentarias como obesidad, diabetes, enfermedades autoinmunes, cardiopatías, cáncer y otras muchas que, en los países ricos, matan cada año tantos millones de personas como el hambre en los países empobrecidos.

La enfermedad del transporte crece como una metástasis de la mano de la globalización alimentaria. Además de contaminar, mata cientos de miles de personas cada año en accidentes de tráfico y absorbe infinitos recursos para carreteras, puertos y aeropuertos e influye en el precio de los alimentos de diversas formas. Una de ellas es la dedicación de millones de hectáreas agrícolas a producir agrocombustibles. En el año 2000 la producción mundial de etanol fue de 17.000 millones de litros, en 2013, cinco veces más, 85.000 millones de litros.

La superproducción de alimentos por la industrialización del campo en EEUU y progresivamente, en el resto de países desarrollados ha generado, tras unos años de reducción del precio de los alimentos, la introducción masiva en la alimentación del azúcar refinado causante de la epidemia mundial de obesidad, diabetes y descalcificación de los huesos.
EEUU produce 350 millones de toneladas de maíz al año. Una ley, la Renewable Fuel Standard, establece que, el 40% de dicha producción, se destine a combustible para el transporte. Estos 140 millones de toneladas de maíz equivalen al 15% del consumo alimentario de este cereal a escala mundial.

La falta -o la carestía- de maíz es la causa del hambre en diversas regiones del mundo. Un depósito de agrocombustible lleno requiere 170 kilos de maíz, la dieta básica anual para una persona. Cada año se utilizan 900 millones de depósitos de agrocombustible, lo que equivale a medio kilo de maíz diario para los 800 millones de desnutridos del mundo.

Los objetivos actuales para el Desarrollo Sostenible de la ONU se proponen acabar con la pobreza extrema (menos de 150 dólares al día) y con el hambre, garantizando la seguridad alimentaria en 2030. Esos piadosos deseos son incompatibles con los Tratados de Libre Comercio y la libertad de establecimiento e inversión de las grandes masas de capital especulativo que se mueven libremente a la velocidad de la luz.