El Hambre

El hambre es síntoma de una alimentación insuficiente. La vida humana necesita una cantidad mínima de calorías diarias (entre 2000 y 2500). Estas calorías proceden de un combustible, los alimentos, cuya transformación suministra la energía necesaria para el funcionamiento del organismo humano. Sin alimentos suficientes hay un déficit de energía y la vida humana se degrada y tiende a extinguirse. Los nutrientes principales son: proteínas, hidratos de carbono, grasas, minerales y vitaminas. Una alimentación saludable y completa debe ser suficiente y variada. La carencia de uno o varios de los nutrientes esenciales es causa de enfermedades e incluso, de la muerte. La falta de proteínas influye en el desarrollo, reduciendo el peso, la talla y la resistencia a las enfermedades.

El hambre es la peor de las exclusiones. Degrada la naturaleza humana y deshumaniza a las personas, convirtiéndolas en prisioneras de su hambre y reduciendo su salud y su esperanza de vida. La mortalidad infantil de los países empobrecidos multiplica por 10 la de los países ricos. La esperanza de vida de algunos países de Africa Subsahariana es la mitad que la de los países europeos. Paradójicamente, una buena parte de los cereales, grasas y azúcar que consumen los países ricos, proviene de países en los que el hambre campea a sus anchas.

En 1950 la FAO (organización de la ONU para la alimentación) estimaba que las dos terceras partes de la humanidad estaban subalimentadas, es decir, no llegaban a 2000 calorías diarias. Cincuenta años después a pesar del vertiginoso aumento de la producción alimentaria en el mundo, los desnutridos no sólo siguen sin disminuir, sino que, por el contrario, aumentan. El mapa del hambre es el mismo que el mapa del subdesarrollo colonial y neocolonial.

Dicho de otra manera, el hambre es producto de la dependencia de los países empobrecidos respecto de los países capitalistas más avanzados. Desde principios del siglo XX, solo las revoluciones populares han conseguido erradicar el hambre, la pobreza y la ignorancia de forma generalizada. A pesar del cerco del capitalismo y de sus propias deficiencias, el triunfo de la revolución rusa en 1917, de la revolución China en 1949 y de la revolución cubana en 1959, han conseguido erradicar el hambre e integrar material y socialmente a sus poblaciones en una pobreza digna.

La vía de desarrollo capitalista crea élites opulentas al lado de simas sociales en las que malviven las mayorías. Las potencias coloniales (Inglaterra, Francia, Holanda, España, Bélgica, EEUU, etc) imponen a países de África, Asia y América políticas agrícolas basadas en monocultivos para la exportación.

Durante la etapa colonial, el expolio de materias primas y recursos naturales se dirigían a la metrópoli. A partir de 1950, tras la descolonización dichos recursos se dirigen a los mercados internacionales controlados por las multinacionales de los países ricos. Las políticas agrícolas y alimentarias basadas en el “libre comercio” mundial están en el origen del hambre, la desnutrición, las enfermedades y la mortalidad infantil. Tras la 2ª Guerra Mundial, el proceso de descolonización transformó el sistema internacional, pasando en 30 años de albergar 53 a 175 estados. Para los nuevos estados–nación, la mayoría artificialmente creados bajo la batuta de los imperios en retirada, se repite el mismo proceso de expolio, intercambio desigual, dependencia y subdesarrollo, pero ahora, no a cañonazos sino mediante la “mano invisible” del mercado mundial.

Las instituciones causantes de estos crímenes no son de “infausto recuerdo”. Siguen activas y perpetrando los mismos desmanes: Se llaman Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, Organización Mundial de Comercio (GATT hasta 1991), G-7, OCDE y Unión Europea.