El mercado, la nueva y vieja PAC

Otra vez la reforma de la Política Agrícola Común, otra vez nuevos y viejos conceptos, nuevas palabrejas que se inventan, nuevos parámetros, nuevos plazos… Probablemente para que todo siga casi igual, o muy parecido.

En esta nueva etapa incorporan la necesidad y conveniencia de que los que reciban ayudas sean al menos agricultores activos, es un avance en principio, aunque seguirán recibiendo más dinero público  quienes tienen más ovejas, más hectáreas, más derechos. No necesariamente los que crean más puestos de trabajo en el medio rural, hacen productos de más calidad, o crean nuevas empresas y proyectos a pesar de no tener derechos de producción ni de percibir ayudas.

Un dinero público al que no podemos renunciar en el medio rural, porque en esta España en crisis económica lo que no venga por la PAC, no vendrá del ayuntamiento, ni de la comunidad autónoma, ni del estado, por los tremendos recortes presupuestarios.

Todos estamos obsesionados con “qué hay de lo mío”. Muchas de las ayudas se han convertido, por desgracia, en un subsidio necesario, no son un empujón a los profesionales y a la inversión en sus  explotaciones para situarlos en el mercado “con paso firme”, sino una compensación por la renta no obtenida, un complemento de la jubilación (en un 30% de los beneficiarios), una ayuda que como tal se necesita, pero que nos hace dependientes, casi drogodependientes y nos obliga a cumplir unos requisitos que otros deciden  por nosotros.

En esta Europa neoliberal, curiosamente se han olvidado de la conveniencia de que muchos miles de pequeñas y medianas empresas, también las agrícolas, tengamos como fundamental objetivo acceder y financiarnos del propio mercado, eso se lo reservan, ahora, a las empresas muy grandes, a las agroalimentarias, a las multinacionales, a los bancos, a los que tiene poder suficiente para fabricar mercados a medida de su conveniencia o su ambición y donde la competencia real no existe, como empieza a ocurrir en el sector lácteo en nuestro país, o con la patata, o con la remolacha, etc.

Se han empeñado, con esta nueva PAC, en darnos la sardina, que la necesitamos,  pero parece que lo que quieren es quitarnos la caña de pescar y la red, para que la sardina no la podamos conseguir “sin el permiso de alguien”.

Se hace necesario, a mi entender, que recuperemos mercados en el exterior si podemos a través de la exportación, pero sería un grave error dejar que nos quiten nuestros mercados de proximidad, el de nuestro pueblo, nuestra provincia, nuestra comunidad autónoma.

Si podemos, y eso en buena medida depende de nosotros, deberíamos de ser capaces de conservar lo mejor de nuestra cultura, nuestras tradiciones locales y por supuesto la riqueza, variedad y calidad de nuestros alimentos “de toda la vida”. Deberíamos de ser capaces de proporcionarlos nosotros, los agricultores, los ganaderos y nuestras cooperativas que deben estar más y mejor organizadas.

No hay más que ver los anuncios de grandes empresas con abuela de pueblo poniendo la fabada de la lata, o los anuncios de pizza con casa de campo y tradición “a mansalva”, para darnos cuenta de que lo moderno, lo que la gente desea, es lo natural, lo tradicional, lo conocido, lo cercano, lo de nuestro campo.

No deberíamos aceptar que productos industrializados, fabricados en cadenas de producción y llenos de conservantes químicos, nos acaben robando no sólo nuestros mercados locales, sino nuestra mejor imagen utilizando anuncios publicitarios llenos de referencias bucólicas, donde se apela a la tradición a las cosas de pueblo y a la receta de la abuela o del convento de monjas, para endosarnos productos que son sólo parecidos a los tradicionales en su aspecto, pero atiborrados de colorantes, grasas antioxidantes y un montón de productos que empiezan por E- no sé qué y E- no sé cuántos, aunque todo ello envuelto en un precioso marketing de supuesta calidad,  tradición  y de producto artesanal único.

Aprovechemos nuestras oportunida­des y no renunciemos a estar en los lugares donde debemos ganarnos nuestras rentas, en los mercados; con precios justos, ali­mentos sanos y etiquetados con letra gran­de y clara, producidos por personas como nosotros, con cara, nombre, apellidos y deseos de ganarnos la vida decentemente con nuestro trabajo.

José Manuel de las Heras Cabañas
Coordinador Estatal
Unión de Uniones de Agricultores y Ganaderos