El nuevo (des)orden alimentario internacional. Versión boletina

A partir de 1960 la “modernización” de la economía española propició modificaciones sustanciales en nuestro modelo alimentario y nuestras pautas de consumo. El tránsito entre la escasez de la postguerra civil (1939 –1960) y la posterior “satisfacción” por una comida abundante, industrializada y globalizada, se inscribe en un proceso de transformaciones económicas, políticas y culturales.

La modernización alimentaría, basada en la gran producción industrial y el libre comercio de alimentos, produce hambre en los países pobres, pero también enfermedades alimentarías en los países ricos y epidemias de virus mutantes, cuyo origen es la producción industrial globalizada de animales (peste porcina, vacas locas, dioxinas, gripe aviar, gripe porcina, etc.)

En los países desarrollados, los problemas alimentarios dejan de estar ligados a la escasez de alimentos, para depender de su exceso y nocividad. Esta transformación se produce a través del cambio forzado de los hábitos alimentarios que, sometidos a los intereses de las grandes empresas, se alejan cada vez más de la satisfacción de las necesidades biológicas de las personas y de las tradiciones alimentarías de los pueblos. El “nuevo orden” de la alimentación globalizada presenta perfiles paradójicos: Nunca ha habido tanta información alimentaría, ni tantas políticas contra el hambre y sin embargo, nunca ha habido tanta inseguridad alimentaria. De esta paradoja se deriva una pregunta radical ¿por qué el hambre, la obesidad y las epidemias parecen tan negativas como inevitables?

Es imposible cambiar los modos de producción, distribución y consumo, sin contar con los poderes públicos, hoy cómplices necesarios de los asesinatos alimentarios en serie. Pero los políticos no cambiarán sin una fuerza que les obligue. Esa fuerza solo puede surgir de la organización de los perjudicados: productores y consumidor@s, a su vez partícipes “voluntarios” de los modelos de alimentación dominantes.

En el primer mundo, amenazado por las epidemias alimentarías, (obesidad, cáncer, alergias, diabetes, trastornos digestivos, etc.), abundan los consejos para introducir cambios individuales en la dieta, pero escasean las personas dispuestas a construir el sujeto colectivo capaz de realizar dichos cambios. Los intentos de expresar y organizar la inseguridad alimentaria para poner límites a las multinacionales, aparecen como propósitos totalitarios frente a un orden económico, violento, que se presenta como espontáneo y democrático.

Una verdadera crítica del actual modelo alimentario, además de investigar la génesis, las relaciones sociales y los actores de la tragedia alimentaría actual, exige apuntar a su interrupción. Pero esto no será posible sin miles de procesos de producción, distribución y consumo que, en los márgenes del mercado, demuestren que otra forma de producir y consumir alimentos es posible. Desde el lado de l@s consumidor@s responsables, construir cien, mil, diez mil colectivos de consumo agroecológico autogestionado, es la consigna.

Ante las tragedias alimentarías, incluida la gripe porcina, l@s consumidor@s responsables debemos redoblar nuestra actividad. Una alimentación abundante en verduras y frutas de temporada, legumbres, cereales integrales y agua, además de ser más barata y solidaria, nos librará de muchas enfermedades y nos defenderá de la gripe. Pero eso supone tomar distancia con la alimentación globalizada (carne, azúcar refinado, grasas de origen animal, refrescos carbonatados, alcohol, café y tabaco). El exceso de estos alimentos produce obesidad y otras enfermedades que constituyen grupos de riesgo frente a las epidemias de virus mutantes.

Volver los ojos hacia la dieta mediterránea está a favor de la razón y de la vida, pero en contra del adoctrinamiento televisivo. Requiere valor porque, en las democracias de mercado, la televisión impone las ideas, el lenguaje y los deseos de los “ciudadanos libres”. No comprar lo que se anuncia, no entrar en las grandes superficies ysostener el residual comercio tradicional, aparece como un comportamiento lunático y retrógrado. Sin embargo, quien lo hace está madur@ para dar un
paso más: dedicar tiempo y energía al consumo responsable organizado. La recompensa a este esfuerzo es el bienestar físico y social. Gracias a nuestra actividad, los agricultores ecológicos, contraparte necesaria para el crecimiento del consumo responsable, tendrán más comprador@s movilizados a favor de una alimentación comprometida con las personas y no con el mercado. Al intentar comer sano, con precios justos para los agricultores y asequibles para todos los consumidores, estudiando y difundiendo cultura alimentaría, construimos una realidad económica, cultural y política. Un movimiento de consumidores responsables agroecológico, autogestionado, participativo y popular, autónomo del poder económico, político y mediático. Un contrapoder a la globalización capitalista de los alimentos, causante del hambre y las enfermedades alimentarías…A pesar de las dificultades y con entusiasmo renovado, investigamos, ensayamos y construimos nuevas formasde alimentación, comunicación y movilización social.