Población, libre comercio y hambre

En 2011 la humanidad contabiliza 7.000 millones de personas, mil millones más que en 2000 y 5.000 millones más que en 1800, pero este crecimiento no ha sido igual para todos. En las últimas décadas, los países ricos ralentizan el aumento de su población autóctona al tiempo que consumen la mayoría de los recursos energéticos y alimentarios y se benefician del desarrollo de la tecnología y la medicina. Por eso, la población de los países ricos vive el doble de años que la de los países empobrecidos. En África, el continente cuya población crece más deprisa, se produce la mayor tasa de muertes por hambre y enfermedades asociadas a la desnutrición.

Los expertos en población aconsejan afrontar el hambre y la pobreza invirtiendo en la producción agraria de los países pobres, priorizando las energías renovables y flexibilizando las políticas migratorias. Sin embargo, al no cuestionar la entrega al mercado de la producción y el consumo de alimentos, estas políticas son sólo el maquillaje de unas relaciones basadas en la desigualdad, la dominación y el despojo.

La mercantilización de los alimentos adopta un perfil neocolonial con el acaparamiento, por parte de multinacionales y gobiernos de países ricos, de enormes extensiones de tierras fértiles en África, Asia y América Latina para asegurarse comida abundante y barata, a costa de privar de tierra, agua y alimentos, a millones de personas de los países dependientes.

Los cereales que constituyen la alimentación básica para 4000 millones de personas, convertidos en mercancía, no se cultivan para alimentar a la población local, sino para venderse en los mercados internacionales al mejor postor. Tras la crisis inmobiliaria y financiera, el capital globalizado invierte, sin que nadie se lo impida, en el mercado de materias primas alimentarias, aumentando los precios y, al mismo tiempo, las muertes por desnutrición.

El crecimiento simultáneo de la población y la pobreza se debe al dominio de los países ricos sobre los pobres, del capital sobre los derechos humanos, del mercado global sobre la soberanía alimentaria y de los hombres sobre las mujeres.

El cambio de las políticas económicas requiere un cambio en nuestros hábitos alimentarios y de consumo. Acabar con el hambre y la pobreza exige acabar con la opulencia y el intercambio desigual. Pero eso se traduce, para l@s ciudadan@s del primer mundo, en limitar en nuestra dieta la ingesta de carne, los alimentos de fuera de temporada y la comida procesada, repleta de químicos y traída desde miles de kilómetros.

El Consumo Responsable y la Producción Agroecológica son el fundamento de la Seguridad Alimentaria. Junto a la distribución en circuitos cortos, que reduce todo lo posible los intermediarios y la distancia geográfica, cultural y temporal entre la producción y el consumo, constituyen la Soberanía Alimentaria.