Saquemos los agrotóxicos de nuestra alimentación

Los plaguicidas de síntesis química representan un peligro para la salud y el ambiente. No sólo por sus efectos tóxicos a corto plazo -que llevan a re­gistrar en sus etiquetas advertencias de precaución básicas sobre su manejo- sino por los efectos crónicos de los cuales poco se advierte a trabajador@s y consumidor@s. Según la Organización Mundial de la Salud los plaguicidas matan, cada año, a 220.000 personas, sin contar con el creciente número de personas afectadas por sensibilidad a los tóxicos (Síndrome Químico Múltiple, Fatiga crónica, Fibromialgua y otros síndromes autoinmunes) que les conminan a una vida con enormes limitaciones y sufrimientos.

A principios de los noventa, se sabía perfectamente que los daños por exposición a pesticidas afectan no sólo a las personas que los aplican en el campo y en la desinfección de edificios, sino también al resto de trabajador@s expuest@s, sus familias, vecin@s y población en general, incluid@s l@s hij@s engendrad@s con posteridad al contacto o ingesta del pesticida. También se conocía que son especialmente sensibles bebés, niñ@s, adolescentes, ancian@s, enferm@s, mujeres y madres gestantes o expuestas un tiempo antes de la gestación y progenitores masculinos. Los daños se producen incluso en dosis muy pequeñas en inferiores a las autorizadas. Especialmente ocurre esto con tóxicos que actúan como disruptores endeocrinos, es decir, que actúan como las hormonas interrumpiendo la reproducción, el desarrollo y otros procesos biológicos y fisiológicos controlados hormonalmente.

Las condiciones físicas de la persona pueden agravar el riesgo: etapas cruciales  en el desarrollo hormonal, una mayor ingesta en proporción al peso (en la infancia, sobre todo en los más pequeños), estado de debilidad o enfermedad previas. Pero también afectan el uso prolongado  de un número cada vez mayor, en canti­dad y diversidad, de sustancias pesticidas  a lo ancho del planeta y durante más de 50 años, cuya extensión y acumulación en ­agua, aire, suelo y tejidos grasos de ani­males y seres humanos, constituye una situación de contaminación a la que se aportan nuevas emisiones cada ­año y en un nivel creciente.

Los conocimientos científicos contrastados no han hecho que se prohiba su uso. Ni siquiera han servido para reducir los límites de aplicación en los tóxicos identificados como disruptores endocrinos. Es la demostración palpable de que las multinacionales del agronegocio siguen controlando a los políticos que mantienen una legislación favorable a los intereses del complejo agro-químico-biotecnológico y no protegen la salud de las personas.

Las consecuencias en la salud humana y del ecosistema por la introducción de los pesticidas dan un rango principal a esta dimensión de la agricultura industrial, hasta el punto de que puede parecer que eliminando los químicos se resuelven todos los problemas asociados a este modelo de producción, distribución y consumo de alimentos.

Sin embargo, la concepción “química” y “transgénica” como formas -anterior y posterior- de la misma agricultura y alimentación industrial, en su proceso de desarrollo del mercado global, permite identificar mejor los problemas de la agricultura y alimentación actual y la necesidad de abordarlos desde perspectivas agroecológicas:

  • Tendencialmente independientes de la tecnología de las multinacionales,
  • incorporando los conocimientos campesinos tradicionales,
  • más accesibles a l@s pequeñ@s agricultor@s y campesin@s pobres y
  • basadas en el diálogo con la naturaleza y la seguridad y la soberanía ali­mentarias de toda la población.

No hay forma de desarrollar la agroeco­logía campesina al margen de las multina­cionales, sin crear sus condiciones de po­sibilidad: entre otras, un movimiento de consumidor@s conscientes y formas de comercialización y consumo apropiadas para una producción agroecológica digna de ese nombre. La Garbancita Ecológica y los GAKs llevamos años denunciando los daños que provoca el paquete tecnológico (agrotóxicos y transgénicos) de una ali­mentación industrializada, mercantiliza­da y globalizada y las políticas y políticos que la defienden. Pero también creando las condiciones, desde un consumo orga­nizado, para el acceso a una alimentación ecológica en familias, colegios, grupos de consumo y asociaciones de barrios y pueblos de Madrid. Una alimentación sin químicos ni transgénicos a precios popu­lares, abundante en frutas y verduras de temporada y en circuitos cortos de comer­cialización, mediante cultura alimentaria, logística propia y responsabilidad compar­tida con agricultor@s, algun@s de ell@s soci@s de la cooperativa.