Tras la revolución tecnológica de la vida se agazapa la sombra de la muerte

Todos los fines de siglo han asustado a la humanidad y siempre han aparecido augures dispuestos a tranquilizar las conciencias y aprovechar el miedo para ejercer un nuevo control, pretextando salvar al mundo. En el ocaso del siglo XX le ha tocado en suerte a la VIDA. Para ello se prepara el camino, y los doctores de la FAO, en la Cumbre de Roma de 1996 dicen no poder hacer nada con los actuales 800 millones de hambrientos en el mundo, poniéndose como meta salvar sólo a la mitad. Afirman que en el año 2030 la población mundial se habrá duplicado y la única solución posible es recurrir a las técnicas de laboratorio para producir alimentos. Ante este mensaje, y sin ninguna otra información o reflexión, cualquiera se vería obligado al día siguiente a solicitar que se encuentre rápidamente la fórmula mágica para acabar con esta situación.

Sin embargo, no se trata del estómago de los millones de hambrientos sino del de las grandes multinacionales, que han encontrado la gran mentira que persuada a la población y a los Gobiernos para que les faciliten el monopolio de los recursos genéticos de todo el planeta y les den la llave para poder manejarlos a su antojo, obteniendo con ello grandes beneficios, hipotecando el futuro de millones de campesinos en todo el mundo (especialmente en los países del Sur), y acelerando aún más el desequilibrio de la distribución de la riqueza, que es el principio que motiva la hambruna actual.

La biotecnología es tan antigua como la agricultura. Los campesinos y campesinas siempre han estado seleccionando procedimientos de cultivo y variedades de plantas y razas de ganado más resistentes y que se adaptaran mejor a los suelos y los climas donde residían. También se han utilizado levaduras, hongos y bacterias para fabricar pan, queso y vino.

La ingeniería genética, en contra de la biotecnología tradicional, reduce la vida al código genético, recorta aquellos caracteres que le resultan interesantes y los pega en el código genético de otro organismo. Este “recorta y pega” de diseño sólo tiene en cuenta las características positivas del gen que utiliza y desprecia las interacciones negativas que puede provocar al insertarlo en un organismo diferente. Y lo desprecia porque sencillamente no puede predecir lo que pasará cuando ese organismo se reproduzca en sucesivas generaciones, cuando lo haga con otros organismos no modificados genéticamente y les traslade sus características nuevas o, simplemente, porque con el hecho de su presencia misma, se rompa el equilibrio de las poblaciones de animales y plantas de su entorno que se alimenten o convivan con esa especie. Además, se desprecian también los efectos sobre la salud de las personas o animales que se alimenten de este organismo nuevo, obviando las alergias o la toxicidad de las proteínas que contiene.

Estos alimentos nuevos, que para su selección requieren costosos procesos de investigación, no tiene sentido fabricarlos si quien invierte en su obtención no recupera su capital y obtiene beneficio. Por ello, las multinacionales que los promueven necesitan conseguir el derecho de patente y hacerlo tan extensivo como sea posible. El derecho de patente supone obtener privilegios exclusivos sobre el material patentado e impide que otros lo utilicen o, en el mejor de los casos, les exige pagar por su uso. Además este derecho se extiende a la descendencia del organismo patentado. Así mediante las patentes, las multinacionales no sólo pueden recuperar con creces el capital arriesgado en la investigación sino asegurarse de que dependamos de ellos en el futuro.

Mientras se defiende la necesidad de la ingeniería genética amparándose por un lado en el crecimiento de la población mundial, y por el otro en las ventajas que tiene para el desarrollo de aplicaciones médicas tales como la fabricación de insulina, lo cierto es que donde se centra el interés por aprobar la comercialización y las patentes de organismos modificados genéticamente es en semillas tan básicas como el maíz y la soja, estando todas ellas modificadas para ser resistentes a un herbicida, el Round up, propiedad de la multinacional Monsanto y cuyo derecho de patente caduca en unos pocos años. Cultivar semillas resistentes a un herbicida supone generalizar su utilización.

Las presiones de las multinacionales han conseguido que el Parlamento Europeo, que en 1995 rechazó una directiva sobre patentes biotecnológicas, la haya aprobado ahora, con unas pocas modificaciones que dejan en manos de los abogados la interpretación de las excepciones. Esta Directiva permite no sólo patentar invenciones ( nuevos alimentos o procedimientos para su obtención), sino también descubrimientos, y así apropiarse y comerciar con las características de seres vivos, incluidas partes del ser humano, que tengan cualidades de interés. La aprobación del Parlamento tiene que ser ratificada por el Consejo de Ministros, y aunque existen presiones de organizaciones de agricultores, consumidores y ecologistas (los Gobiernos del Reino Unido, Dinamarca y Holanda estarían dispuestos a un aplazamiento), si no existe un amplio rechazo social puede ser ratificada el 27 de noviembre, unos días antes de que salga este artículo.

La premura para que la UE tenga legislación de patentes sobre la vida (EEUU ya la tiene) se debe a que en 1999 se revisan los Derechos sobre la Propiedad Intelectual que se incluyeron en el Tratado General sobre Comercio y Aranceles
(GATT), actualmente Organización Mundial de Comercio. Aunque en este marco encajarían sistemas alternativos de protección (“sui generis”), más acordes con una utilización colectiva y no monopolista, las legislaciones sobre patentes de la UE y EEUU presionarán a todos los países del mundo (117 han ratificado el GATT) y el monopolio de la producción de alimentos será un hecho. Actualmente las multinacionales ya detentan la comercialización.

En definitiva, no se persigue garantizar la existencia de alimentos suficientes sino controlar su producción, agudizándose aún más los problemas existentes. Ante esto sólo cabe desentrañar las mentiras para que se sepan las consecuencias que tiene la ingeniería genética y las patentes. En una encuesta a la población española realizada el pasado febrero por el CIS el 57,4 % consideraban la ingeniería genética bastante o muy peligrosa, y tan sólo el 5,6 % nada peligrosa (El País, 1/11/97). Sin embargo, esta opinión no se ha traducido en la postura del Gobierno o de los Parlamentarios. En otros países europeos como Austria, se ha conseguido paralizar la comercialización de alimentos modificados genéticamente porque la población rechaza su utilización. Por tanto, aunque difícil, no resulta imposible buscar alternativas y resistir.

Pilar Galindo. Asociación CAES, enero 1998