Obesógenos

La obesidad tradicionalmente se define como un estado de desequilibrio entre la ingesta calórica y la actividad física, y no como una verdadera enfermedad. Pero es la causante directa de numerosas enfermedades, llegando a ser la principal causa de muerte a nivel mundial.

Su elevada incidencia en la población se atribuye a malos hábitos alimentarios y escasa actividad física. El desorbitado aumento que ha experimentado en las últimas tres décadas ha conducido a reevaluar sus causas porque es imposible explicar este aumento únicamente por cambios en el estilo de vida.

Se consideran cinco factores implicados en el desarrollo de la obesidad: metabólicos, hormonales, sociales, culturales y genéticos. Existe mucha controversia en los argumentos de la comunidad científica lo que explica que, a día de hoy aunque resulte increíble, no estén totalmente definidas las causas de la obesidad.

¿Dónde está realmente el problema? No rechazamos la idea de que la dieta y la actividad física sean los principales determinantes de la obesidad pero estos factores por sí solos no pueden producir los cambios metabólicos que presentan muchas personas obesas.

Aquí entra en juego la hipótesis que desarrollamos en este artículo: los disruptores endocrinos y, más concretamente, los obesógenos -nuevo término a incorporar en la biología de la obesidad- son responsables de los cambios metabólicos en las personas obesas.

Los disruptores endocrinos o también llamados estrógenos ambientales son moléculas (generalmente sintéticas) cuya estructura es similar a la de las hormonas sexuales del mundo animal, incluidas las de los seres humanos. Esta similitud les permite interactuar con nuestro sistema endocrino produciendo importantes cambios en el organismo. Los más vulnerables son los fetos cuando se desarrollan en el vientre materno y los recién nacidos.
Se encuentran en el medio ambiente como subproductos de la incineración de sustancias químicas, como componentes de pesticidas, herbicidas, fungicidas, cosméticos, disolventes, refrigerantes…y así hasta elaborar una larga lista de objetos que contienen estas sustancias nocivas (biberones, ropa, tickets de compra, interior de las latas de conserva).

Muchos de ellos son famosos entre la población sensibilizada con el medio ambiente y la salud: bisfenol A, DDT, ftalatos, o dioxinas. Por ejemplo, el bisfenol A o BPA es un químico utilizado en la industria química para dar tenacidad a los plásticos y hacerlos más duros. Muchos países han prohibido este compuesto para elaborar plásticos, pero muchos otros no han dado este paso y nos vemos expuestos a ellos en envases alimentarios. A menudo, multiplicamos su efecto nocivo al calentar estos envases en el microondas, difundiendo el compuesto en el alimento en contacto.

 

 

En relación a pesticidas, herbicidas y otros productos utilizados en la agricultura convencional, muchos de ellos están prohibidos y no se utilizan, pero su gran persistencia los mantiene por muchos años en el medio ambiente. También se acumulan en las grasas del cuerpo humano transmitiéndose de madres a hijos en la gestación y lactancia.

Muchos de ellos se están prohibiendo, pues han sido muy estudiados por su toxicidad en el desarrollo sexual de fetos y animales. Se han comenzado a estudiar sus efectos en el metabolismo y cada vez contamos con más pruebas científicas de su efecto nocivo para el sistema endocrino humano y el consecuente desarrollo de la obesidad. Así es como surge el término obesógeno: “sustancia química capaz de producir una alteración endocrina en el organismo y aumentar el riesgo de padecer obesidad”.

A partir de aquí nos surge una pregunta: ¿cómo se ha dejado pasar esto por alto?, aquí también existe controversia.

La toxicología tradicional no es capaz de detectar estos efectos, pues en la mayoría de las ocasiones se producen a dosis bajas de obesógenos consideradas no peligrosas por no producir un efecto directo. Tampoco tiene en cuenta la combinación de sustancias a las que nos vemos expuestos (voluntaria e involuntariamente) ni los efectos a largo plazo debido a la bioacumulación de estas sustancias en el cuerpo humano.

Como consecuencia de este descubrimiento, han saltado las alarmas científicas y se han puesto en marcha diversos estudios epidemiológicos y clínicos como el proyecto OBELIX financiado por la Comisión Europa, finalizado el pasado mes de diciembre de 2013, cuyos resultados aun no han sido publicados.

Como conclusión debemos señalar que la obesidad no se atribuye únicamente a la mala alimentación y que los obesógenos forman parte de sus causantes. Esto es una hipótesis que todavía necesita más estudios y nuevas técnicas de análisis. Es necesario que la población y las autoridades responsables de la salud pública se desvinculen de los intereses de la industria petroquímica y dejen estudiar libremente el efecto tóxico de estas sustancias para, su correspondiente prohibición si se demuestra su relación con la obesidad.

 

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